martes, junio 02, 2015

LAS MANGAS DEL FRAC

Acacias florecidas. Imagina uno el disgusto de los barrenderos al encontrar las aceras diariamente alfombradas de flores amarillas. Pero qué exacto contrapunto de la luminosidad que filtran sus copas. Y qué privilegio entrar en la ciudad por una de esas desmedradas avenidas periféricas flanqueadas de árboles escuálidos y sentirse momentáneamente transportado a un espacio de revelación. Apaga uno la radio del coche, en consideración a no sé qué expectativa de silencio, como en el corazón de un bosque. Y nunca falta un imbécil que toque el claxon, para deshacer el hechizo.


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Bajo el sol inclemente de la primera hora de la tarde la pordiosera da de comer a los pájaros. Deshace un mendrugo de pan sobre el césped y luego se sienta en un banco, a mirar a los comensales. Viste uno de esos conjuntos imposibles determinados por los azares de los mostradores de caridad; y es, con diferencia, la nota más disonante en el cuadro que componen los macizos de flores, los bancos y el enlosado geométrico de la plaza. Pero es también, a su manera, el ángel tutelar de esta somera isla de verdor y pájaros en medio del tráfico. Y qué oportuno este semáforo, puesto aquí como para obligarnos a detenernos y mirar.


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De pronto al director de la orquesta empiezan a abrírsele las costuras de las mangas del frac y el público rompe a reír. Es su primer concierto y no termina de explicarse qué está saliendo mal, hasta que uno de  los músicos, apiadado, se levanta y le susurra al oído lo que ocurre. El hombre se detiene, cariacontecido. Se despoja de la prenda descosida, que su mujer le había traído del ropavejero, y se sienta junto a la tarima, con la cara entre las manos. Hasta que el director que le ha dado la alternativa tiene la ocurrencia de quitarse también él el frac y quedarse en mangas de camisa. Hacen lo propio, uno a uno, los mismos espectadores que, uno a uno, se habían echado previamente a reír. Y el concierto se reanuda triunfalmente. El milagro ocurre en Seis destinos (Tales of Manhattan), de Julien Duvivier: una de esas películas que dejan en el espectador la sensación de haber asistido a algo más que un simple espectáculo, y que se graban en la conciencia con la intensidad de la experiencia propia.

1 comentario:

Ángel Rallo Vallejo dijo...

Esto de que el semáforo oportunamente nos permita detenernos y mirar es algo en lo que he reparado en los últimos meses, y me alegro de haber coincidido.