miércoles, junio 10, 2015

MATINAL

Desde que un reciente cambio en mi horario laboral me obliga a aparcar en estas calles apartadas, me cruzo con esta mujer casi todos los días, siempre a la misma hora y casi en el mismo punto de la calle. No debe de tener menos de sesenta años, aunque aparenta más. Y se deja literalmente el resuello en empujar una especie de cochecillo en el que reposa un muchacho impedido y de gesto ausente, al que supongo han prescrito la conveniencia de ese paseo matinal. Calculo que el muchacho debe de ser el nieto de quien lo cuida, y se me ocurre que este arreglo familiar -nietos que, ante la ausencia o desatención de sus padres, son criados por sus abuelos- no es del todo infrecuente en estos barrios. Cuando me los cruzo, suelo ir absorto en mis asuntos, en una especie de adelanto mental del día que me espera. No hay angustia ni ansiedad en ese repaso, pero sí, a veces, cierta impaciencia, como si me pareciera que la mejor manera de resolver la jornada fuera cerrar los ojos y despertar milagrosamente al final de la misma. A veces yo mismo me espanto de la tremenda inconsecuencia de ese deseo casi sin formular: de cumplirse, los días de uno se convertirían en una mera fantasmagoría de horas pasadas en perfecta vacuidad. Dura poco, por suerte: siempre hay algo que me hace recobrar el apego, digamos, a mi realidad inmediata. Y se me ocurre ahora que, en estas últimas semanas, ese supremo instante de recuperar la noción de sentido coincide con el momento en el que me cruzo con esta vieja que empuja por la acera la silla de su nieto inválido. Algún día debería agradecérselo.


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La belleza de las cincuentonas...


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Consuelos del hastío: leer por no claudicar.

1 comentario:

Jesús Esteve Yagüe dijo...

Bonito relato. Yo cuando veo por la calle gente pasándolo mal me sirve para relativizar los insignificantes problemas que tengo en el día a día. A veces parecen gigantescos pero en realidad son eso, insignificantes, si los comparamos con muchísimas otras situaciones.

Un saludo!!