viernes, junio 12, 2015

PÁJAROS

De todas las formas del ruido, es quizá la única que no interfiere con el pensamiento. Es también una invitación a ahondar más en el campo de la propia mirada, como si alcanzar a distinguir la fuente del canto supusiera alguna clase de perfeccionamiento de capacidades perceptivas normalmente adormecidas. Y es, además, el sonido del entorno inmediato cuando quiere presentarse como realidad trascendida. Canta un pájaro y aguza uno el oído como para entender en ese canto una especie de afirmación de la propia perdurabilidad.

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Hay bellezas de barrio que parecen máscaras, como hay juventudes impostadas que sugieren directamente el tacto de un pergamino ajado. Se evidencia en todo ello una penosa inadecuación, diríamos, entre el fin y los medios. Y también una especie de moraleja política: la constatación del fracaso que suponen ciertas formas de escolarización obligatoria.

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A la vuelta del verano este diario cumplirá diez años. Buen momento para ponerle punto final. Como experimento sobre el modo de transcribir la propia intimidad, quizá ha durado ya lo suficiente. Más me preocupa esta inclinación mía de ahora a concluir cosas, a ordenar y compilar. Demasiado... testamentaria, diría, sin querer parecer agorero. Pongamos mejor que tengo otros proyectos, quizá no tan indulgentes con la noble inclinación a mirarse el ombligo. Aunque quién sabe. 

1 comentario:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

No hay literatura que no sea ombliguista, en mi parecer. Por lo demás, está bien testamentar, por decirlo de alguna forma, sin que haya aviso de cese: poner las cosas en orden, zanjar asuntos que se prolongan innecesariamente, levantar otros que piden airearse, ponerse en manos del azar también, dejar que todo lo administrado por la voluntad se deje querer por el azar y salga el sol por Antequera, como suele decirse. Un abrazo.