lunes, junio 22, 2015

PLAYA

Tras la playa, y después de haberse refrescado uno convenientemente en la ducha, la resaca:  esas horas durante las que la piel exuda el sol acumulado y el cuerpo tiende a la lasitud agradecida. Las pasa uno como puede, igual que las otras resacas, aunque sin la mala conciencia característica de esos días de arrepentimiento y purgación. Y si el resultado es, al final del día y después de una nueva ducha, esa rubicundez característica de los ociosos tras una jornada al sol, mejor que mejor. Siente uno, si acaso, un vago remordimiento por no haber llamado en todo el día a su agente de bolsa... Pero así es la vida de los ricos en estos paraísos donde el sol y el mar son gratis.

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Debe de ser la calle más concurrida de la ciudad: por la orilla, en el tramo de arena endurecida inmediato al ribete donde mueren las olas, paseantes a miles. Con la particularidad de que, aquí, la convención indumentaria es muy ancha, y lo mismo vale pasearse con camisa, sombrero y gafas de sol que apenas cubierto -o cubierta- por un somero taparrabos o un tanga. Si yo fuera político en campaña, éste es el sitio al que vendría a dejarme ver. Lo que no sé es qué ropa me pondría.

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Si cierro los ojos, mis sensaciones se reducen a la caricia del viento sur y al rumor del mar en los oídos. No pido más.

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La patrulla de la policía de playa, en su cochecillo casi de juguete, persiguiendo infructuosamente desde la orilla a un infractor que cabalga alegremente las olas con unos arreos de kitesurf...

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Después de venteado, en el periódico sólo quedan las noticias más onerosas y graves. Lo mejor es tirarlo.

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