lunes, julio 20, 2015

BICHOS

Un alacrán en el sofá. Comprensible pánico. Pero estos huéspedes nuestros, que se disponían a convertir el sofá en cama, no pierden la calma: sacan la funda a la calle y dejan caer el animalejo sobre la acera, donde lo rematan de un pisotón. No se lo reprocho: yo también soy tremendamente aprensivo con según qué bichos. Con excepciones, claro: la mañana anterior, sin ir más lejos, descubrí una enorme araña patilarga sobre uno de los altavoces del equipo de música. La empujé con suavidad hasta obligarla a deslizarse pared abajo y luego, por el suelo, hasta la puerta y la acera, donde inmediatamente buscó refugio bajo el coche. Y allí la dejé, sana y salva, en esa extraña realidad suya multiplicada por los prismas de sus ocho ojos.

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El lucero de la tarde: donde no había más que la acuidad del cielo azul y el trazo plateado del cuarto menguante, surge de pronto la cabeza de alfiler de la primera estrella. Los viejos del banco contiguo lo celebran con entusiasmo y comentan el sutil cambio de posición del astro respecto al día anterior. Así debió de nacer la astronomía; o, mejor, su alocada hermana, la astrología: de la mirada contemplativa de los viejos que, al registrar las sutiles variaciones en la configuración del firmamento, están constatando algo que les concierne mucho más, y que es tan imparable como la variabilidad misma de los fenómenos astronómicos.

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Cualidades y riesgos del Martini dry: uno abre el apetito, dos quitan las ganas de comer, tres suponen el ingreso en un estado de irrealidad en el que comer no es ni siquiera necesario.  

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