lunes, julio 27, 2015

HUMOR

Lujos del tiempo libre: convertir lo accesorio en principal y hacer de los actos cotidianos una pequeña odisea. Comprar pan, por ejemplo. Me habían hablado de las excelencias del que trae cierto panadero ambulante que pasa por la plaza a primera hora de la mañana. Y como, en fin, incluso en vacaciones conserva uno las malas costumbres de quien no se aviene muy bien con el sueño, me he despertado a tiempo de acudir en persona a comprobarlo. Pero éramos tres en la plaza y el panadero sólo traía avío para uno. Por deferencia, me dejan que me quede con las preciadas piezas, que servirán para el desayuno. Así que empieza uno el día dejando sin pan a los demás; y dando pábulo a la mala conciencia, ay, que es también un sentimiento que tiene mucho que ver con el exceso de ocio.

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Hay libros malos que lo serían menos si, en el proceso de edición, alguien hubiese advertido al autor de todo aquello susceptible de mejora. Cuando los lees, no culpas tanto de sus defectos al escritor como a la ausencia de un buen corrector de pruebas y de un editor literario competente. Naturalmente, hay autores que no los necesitan. Pero también hay quienes, una vez desbrozado el camino, son literalmente incapaces de volver sobre las páginas en bruto para pulirlas un poco. Ocurre sobre todo en las traducciones y en los libros de encargo, en los que el editor tiene una clara responsabilidad compartida con el autor. Que no siempre asume, por otra parte. Quizá porque tampoco nadie se la exige.

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"Tienes menos vergüenza que el gato de una fonda", oigo a un padre regañar cariñosamente a su hijo. Lo que es también un modo de instruirlo en el humor.

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