miércoles, julio 15, 2015

INTIMIDAD

Cena con amigos al pie de un nogal patriarcal, que bien hubiera podido servir para celebrar bajo su fronda un consejo de ancianos o un tribunal de reparto de aguas. Chistes, productos de la tierra y el mar, manzanilla fría. También, ay, su poco de política. Y la presencia invisible de un pájaro que me mancha al menos tres veces con pequeñas deposiciones blancas, como para recordarme que la felicidad también es eso.

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Política: el ámbito donde lo blanco también puede ser negro, o blanco y negro al mismo tiempo, y también lo contrario. Tiene uno sus simpatías, claro, y también un cierto sentido del determinismo social: sería absurdo, en fin, que quien viene de donde yo vengo y se gana la vida como yo me la gano tuviera según qué inclinaciones. Pero no olvido nunca que las meras simpatías no aseguran que aquello hacia lo que te inclinan sea lo acertado o verdadero. Leo a analistas de uno y otro signo y a menudo pienso que unos y otros tienen razón, y también que no la tiene ninguno, porque ya sabe uno lo suficiente del arte expositivo como para no perder de vista el hecho de que, básicamente, una argumentación creíble no es más que una lograda construcción retórica, y que el crédito a veces hay que ganárselo con méritos ajenos a la literatura: el mantenimiento, fuera de toda sospecha, de una cierta probidad intelectual, por ejemplo, o de una actitud vital merecedora del respeto ajeno y garante de una cierta valía personal y ciudadana. 

Nada de esto, por supuesto, tiene demasiada importancia, más allá del rato que lleva hojear el periódico de la mañana, porque la política de la cotidianidad se decide en ámbitos distintos al de la mera opinión. Y lo más preocupante de todo esto es el hecho de que algunos encuentren en la política una vía de escape a una agresividad que quizá tenga otros orígenes, y que frecuentemente encuentra satisfacción en la humillación o el sometimiento de otras voluntades más libres.

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El género diarístico -se queja la profesora Anna Caballé en un libro reciente- se ha resentido por la apropiación que los literatos han hecho del mismo en los últimos años. Quiere decir que los diarios que se publican hoy carecen de ese carácter prístino que tenían, pongo por caso, los de Ana Frank. Sea. Pero incluso la desventurada muchacha de Amsterdam presuponía un interlocutor cada vez que acudía a su cuaderno íntimo, y de esa presuposición -a la que no es ajena, por ejemplo, el hecho de que yo haya elegido Internet con el mismo objeto- se alimenta todo proyecto diarístico que se precie, definido ya como género literario con convenciones propias, y cuyas condiciones de verdad son las mismas que se le exigen a otros géneros cuya legitimidad moral, pongamos, implica que, además de su mérito formal, transmitan algún tipo de verdad humana relevante para el autor y sus lectores: también lo hace la poesía, por ejemplo, o las pocas novelas que se han ganado la condición de obras insustituibles para la conciencia de la humanidad. 

Lleva uno diez años acudiendo a esta pantalla con esa convicción, y de la misma se ha valido para pensar que tenía algún fundamento la decisión de armar algunos libros -tres, hasta ahora- con los textos previamente escritos en este elusivo formato. Eran obras literarias, sí, además de diarios íntimos urdidos bajo un compromiso -que es también una presuposición literaria- de sinceridad. No podrían haber sido escritos de otro modo.

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