miércoles, julio 08, 2015

LOS ALIMENTOS TERRESTRES

Para alcanzar el tejado, el antenista ha tenido que encaramarse al de una casa más baja situada cuatro portales más allá y recorrer la línea de tejados contiguos hasta situarse en el nuestro. Lo voy siguiendo desde la acera y tengo la impresión de que, si pasara por aquí una patrulla de policía, nos confundiría con una pareja de ladrones: el que trepa a la casa ajena y el que le espera con el saco al pie del balcón. En efecto, al rato empieza a arrojarme cosas: "Te echo la alargadera", me dice. Y cae primero el carrete de la misma, a modo de contrapeso, sostenido en el tramo de cable que progresivamente el operario va largando desde el tejado. "Ahí va el ordenador", me dice, y deja caer, al cabo de una cuerda, un maletín muy baqueteado, en el que guarda el pequeño portátil del que se vale para comprobar la intensidad de la señal que llega al tejado. Previamente ha mantenido una curiosa conversación con el compañero que controla el repetidor, a unos kilómetros de distancia. "Estamos reorientando la antena del repetidor", me explica. Y yo me imagino el lento y preciso movimiento circular de una parabólica oteando el universo, hasta captar el rayo cósmico que ha de reenviar a mi casa, y en el que a partir de ahora llegará a la misma, como si lo necesitáramos, el fárrago del mundo exterior.

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De noche, a la plaza habitualmente fresca llegan bocanadas de un viento como de boca de horno. Está cerrado el bar pero, como las mesas de la terraza están puestas, sacamos una botella de vino para echar el rato. Somos dos, pero mi acompañante ha traído tres vasos. "¿Y eso?", le pregunto. "Es por si viene alguien". Y efectivamente, cuando ya casi hemos acabado la botella vemos abrirse la puerta de la casa frontera, cuyas ventanas y persianas estaban cerradas a cal y canto, y aparecen los vecinos, que creíamos ausentes. "Lo teníamos todo cerrado por el calor", nos dicen. Servimos lo que queda de vino y el recién llegado, antes de sentarse, pone a enfriar otra botella, mientras su mujer se retira cautelosamente para reaparecer al rato con una fuente de brócoli aliñado con aceite de ajos fritos... Los transeúntes miran con extrañeza al grupo congregado en la terraza del local cerrado, como si se preguntaran de dónde habrá salido las bebidas y alimentos que ocupan la mesa. Pero ya sabemos que les nourritures terrestres nacen de la confluencia entre las potencias del suelo y la influencia de los astros, y uno no tiene más que sentarse y alzar los brazos en señal no tanto de súplica como de adoración.

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No confundir laicismo con nihilismo. Y me agrada mucho comprobar que C., que en tantas cosas discrepa de nosotros, entiende y se aplica este elemental principio, cuya esencia es retener la capacidad de asombro que predispone a una aceptación, no necesariamente dentro de las pautas de una religión establecida, de lo sagrado.  

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