miércoles, julio 01, 2015

PANDORA

Revuelo de golondrinas sobre un solar vacío. No sé si se aplican a dar cuenta de una nube invisible de insectos o, simplemente, obedecen a un impulso dictado por la estación. En todo caso, me sacan de mi ensimismamiento. Iba uno también con la cabeza a pájaros, pero de otra clase.

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Primeras horas de vacaciones. Reparo una cerradura que se bloqueaba, me desprendo de algunos enseres viejos, hago gestiones atrasadas... Cuestiones de intendencia, antes de encarar lo fundamental, que es la vivencia del tiempo sin obligaciones, o con otras obligaciones libremente elegidas -las que ocupan los otros meses del año también fueron en su día libremente elegidas, pero quién se acuerda-.

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¿Quién dice que Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951) es una mala película? Se le tiene cierta antipatía porque abrió la época de los rodajes internacionales baratos en la España de Franco, con toda esa parafernalia añadida de vida nocturna frenética para ricos y tácito silencio de los implicados sobre la realidad española del momento. Pero el pobre Albert Lewin, un artesano con ínfulas poéticas, no podía prever lo que vendría después. Bregó con los amoríos de Ava Gardner y el torero Mario Cabré, bregó con la presencia incómoda de Sinatra, en la primera fase de su tortuosa relación con la diva -leo todo eso en un reciente libro de Francisco Reyero sobre Sinatra en España-. Pero hizo una película hipnótica y arrebatada, bajo la advocación expresa del fatalismo del persa Omar Khayyam y de la no menos fatalista visión del mundo del inglés A. E. Housman. Hay escenas visualmente inolvidables, como la carrera del bólido -una versión de uno de los primeros Blue Birds de Malcolm Campbell- por la playa de Tossa de Mar, o el fantasmal despliegue de velas, sin intervención humana, en el yate del atormentado personaje interpretado por James Mason. Etcétera.

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¿Y un verano sin lecturas? Lo aconseja la vista cansada, desde luego. Y no, no va a ser posible. Pero sería una novedad.

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