lunes, julio 13, 2015

REVOLUCIÓN


También aquí habrá sus conflictos, como podrían atestiguar quizá los policías de servicio en el módulo de seguridad o los responsables del puesto de primeros auxilios. Pero hay algo en la multitud congregada en una playa en una mañana de domingo que hace pensar en la realidad de las utopías: relajados, desnudos y felices, casi como habría querido Fourier si, en vez de soñar con el orden cerrado de los falansterios, hubiera tenido delante la visión de una playa atlántica y la premonición de esa excrecencia de la prosperidad -sí, incluso en estos tiempos- que llamamos vacaciones.

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Aunque también aquí hay quien desentona: por ejemplo, el tipo con modales de capataz de obra que, a la hora en que los aparcamientos de la playa empiezan a colmarse, atraviesa su Mercedes de banderillero en un hueco en el que perfectamente hubieran cabido dos coches en batería.

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Hay transparencias del aire -la que aporta el bendito viento sur, por ejemplo- que redundan casi siempre en turbiedades del agua de la orilla; y viceversa: turbiedades del aire -la atmósfera caliginosa de una mañana de levante- que tienen como efecto un mar perfectamente cristalino. Etcétera.

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Las revoluciones deberían empezar siempre ante el espejo.

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