miércoles, julio 22, 2015

TOMATES

Pregunto a L., tan aficionado a los animales -tiene gatos, palomas, gallos y gallinas de distintas variedades, etcétera-, por qué no tiene perros. Y me contesta que los ha tenido, pero que ya no recoge a ninguno más "porque un perro vive doce o catorce años, y yo ya no creo que vaya a durar tanto, y a ver qué va a ser del animal cuando yo falte". Hay que decir que L. es fuerte como un roble y goza de una salud excelente. Lo que no implica que se llame a engaño respecto a lo limitado de la vida humana, por mucha añagaza salutífera con la que queramos hacernos la ilusión de poder alargarla. Pero no había fatalismo en sus palabras, sino, más bien, una especie de infinita consideración... hacia los perros.


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Tomates rosados de Tavizna. Grandes -en dos kilos caben tres-, reventones, perfumados. Cortados en rodajas y aliñados con aceite, vinagre, sal y albahaca, no hay aperitivo mejor. Nos dice el frutero que un catalán le ha comprado once kilos. También uno quisiera hacer provisión, como las hormigas. Pero no. Mejor comer el fruto del día. Lo que, desde Horacio, ya se sabe que se aplica no sólo a las hortalizas -no a los tomates, desde luego, que no los tenían-, sino a casi todo.


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El ocio: esa ilusión de vacío que inmediatamente llena uno de rutinas. Escribo un poco por las mañanas, tomo el aperitivo, almuerzo, duermo la siesta, pinto una acuarela, leo, a la fresca salgo a pasear, de madrugada veo una película... Y otras cosas que no digo, claro. Ya sé que son unas vacaciones muy poco envidiables, e incluso un poco pobretonas. Hay quien, para llenar el tiempo libre, se va a las Quimbambas, o se machaca a fuerza de noches sin dormir. Supongo que lo mío es un problema de falta de imaginación; o de exceso, tal vez, porque, después de todo, si algo descubro en estas rutinas del ocio, es que también los pequeños mundos por explorar que se abren en ellas son, como las Quimbambas mismas, inabarcables.

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