lunes, agosto 24, 2015

CONCIERTO DE VERANO

Concierto de verano. Mientras los músicos afinan sus instrumentos, una mujer joven alecciona a dos niñas que ocupan otras tantas sillas en el improvisado patio de butacas: "No os mováis de aquí. Estamos ahí al lado y ya vendremos de vez en cuando a daros una vueltecita". Sin más, deja allí sentadas a las niñas, que no tendrán más de siete años, y se pierde tras los árboles que ocultan el costado opuesto de la plaza. Las niñas, naturalmente, alborotan y no parecen entender que el medio centenar de adultos circunspectos que las rodean no hagan lo mismo. ¿Acaso no estamos en un concierto? ¿Acaso en los conciertos no se salta y se grita y se jalea a los músicos? Evidentemente, no se trata de esa clase de concierto, pero las niñas no lo saben. Unas ancianas las reprenden con amabilidad, en vano. Y así transcurre la primera media hora, al cabo de la cual aparece la misma mujer de antes. Ahora tengo ocasión de fijarme en ella. Debe de tener poco más de treinta años y es guapa, aunque tiene la expresión cansada de quien se levanta temprano a trabajar, o quizá sólo el gesto compuesto de esas mujeres guapas y tímidas que saben que una cierta reserva les favorece. Alecciona de nuevo a las niñas y, para calmarlas, se sienta junto a ellas. Pero no han pasado ni cinco minutos cuando aparece otra mujer de su misma edad, quizá madre también de alguna de las dos niñas. A diferencia de la otra, es fea y desinhibida, esto último quizá por el efecto de las cervezas que seguramente ha bebido ya. "Oye" -dice a voz en grito, para hacerse oír por encima de la música-, "esos amigos tuyos quieren que vuelvas". La otra aún se resiste: "Es que las niñas..". Éstas protestan, contrariadas por las posibilidad de tener que seguir allí sentadas otra aburrida media hora más. Finalmente, las dos mujeres optan por llevárselas. Entre la cortina de árboles distinguimos su paradero: un banco de la plaza en el que las esperan dos hombres, cada uno de ellos con la correspondiente cerveza de litro en la mano. No parecen muy felices, desde luego. Y no sabemos qué es lo que les ha estropeado el plan: si la presencia de las niñas o el aparente desinterés de la más guapa de las dos mujeres o el hecho de que la amiga que ésta prometió traer no esté ni mucho menos a la altura de lo esperado. 

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Hay algo religioso en la costumbre de bañarse en el mar, y eso explica que nuestras madres nos hicieran seguir al pie de la letra el viejo precepto médico de que estos baños habían de tomarse siete días seguidos para tener algún efecto. La cifra, naturalmente, era simbólica, y elevaba la costumbre a rito que se oficia según unas normas. Está también, por supuesto, la arraigada creencia de que toda ablución ritual es un acto de purificación. ¿De qué se limpia uno al sumergirse en el mar? O quizá la pregunta habría de ser formulada a la inversa: ¿de qué no queda uno limpio cuando se olvida hasta de su peso en una de esas inmersiones que nos trasladan a la infancia, e incluso a un tiempo anterior?

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Ocho poemas ya, cuando lo normal es la sequía. Le debe uno algo más que un baño de agradecimiento ritual a los benevolentes dioses del verano.

1 comentario:

Setefilla Almenara J. dijo...

Me gustan tus relatos por ser naturales, sin artificios y bien traídos. Ocho poemas, felicidades, que sigas bajo el maravilloso influjo del estío.
Un saludo.
SETE.