lunes, agosto 31, 2015

SOLOMILLO AL ROQUEFORT

Último viernes de agosto. En principio, la calle engaña, y es difícil evitar la sensación de que, con el cierre por vacaciones de muchos negocios, la resaca de las ferias y el regreso a casa de los turistas, la segunda quincena de este mes tiene algo de prolongación artificial de días mejores. En este estado de ánimo, ocupamos una mesa en una terraza cuyos dueños parecen estar haciendo un esfuerzo suplementario por atraer al público. Han instalado unas parrillas y obsequian a todos los clientes con una ración suplementaria de carne asada. No estoy seguro de que sea una buena idea, porque su efecto más visible es que la mayor parte de la clientela, a la espera del bocado de cortesía, no pide nada, pese a que la modesta carta de la casa no carece de atractivos: los muergos, por ejemplo, son exquisitos. Pero tardan en servir, hay niños correteando entre las mesas y la clientela parece estar tan a sus anchas en el lugar que los no habituales nos sentimos como intrusos que hemos venido a interrumpir una celebración privada. Así que optamos por trasladarnos a otra terraza en el extremo opuesto de la plaza. El camarero nos recita la carta y sortea con amable ironía mi interrogatorio sobre la composición de las salsas, destinado a descartar que éstas lleven queso, en un ejercicio de coquetería culinaria que ya apenas me recato de disimular... Pero no, nada lo lleva, salvo -obviamente- el solomillo al roquefort. Soy consciente de que, en el ambiente un tanto más crudo de la otra terraza, me he mostrado más parco en palabras y hechos. Aquí no: el ambiente más relajado -y quizá un tanto más burgués, ay- me ha dado seguridad y me ha puesto de mejor ánimo. En fin. Damos buena cuenta de unas albóndigas al vino tino, de una carne "al toro", de unos pimientos rellenos de bacalao... A precios populares, eso sí, porque, en contra de lo que sucede en otros lugares, aquí no cobran el suplemento correspondiente a la gratificación de los prejuicios socio-culturales de cada cual, incluido el de preferir un local con una clientela silenciosa y con buenos modales. El caso es que la cena nos ha puesto de buen humor y, para celebrarlo, vamos a tomar unas margaritas en una terraza del paseo marítimo... No, no es que estemos tirando la casa por la ventana. Es sólo que se acaban las vacaciones.

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El anónimo redactor del consultorio sentimental de cierto periódico se aviene a recibir en su apartamento a una de sus corresponsales. Ella parece cohibida y agradece al principio que el columnista deje la puerta abierta, por lo que puedan decir... Pero no: la mujer ha ido allí a sincerarse y no quiere que nadie pueda entreoír la conversación desde la escalera, así que es ella quien, finalmente, cierra la puerta. Su marido, dice, padece desde hace años una lesión que le impide consumar el acto sexual, y ella lo quiere y no desea serle infiel, pero... es tan joven aún... Inevitablemente, termina solicitando un beso fraternal de su comprensivo interlocutor. Etcétera. En la posterior despedida en el taxi, el todavía aturdido periodista rehúsa un último beso a su inesperada conquista. Ésta no se contiene: "Querías escuchar una historia triste y luego un poco de acción, ¿no? Yo también, y eso es lo que hemos tenido", le grita antes de dar el consabido portazo. "Una tía de éstas por poco se carga la puerta el otro día", comenta el desengañado taxista. Todo esto ocurre en Corazones solitarios (Lonelyhearts), una desangelada película "independiente" producida por Dore Schary en 1958. ¿Quién dice que la libertad de referirse abiertamente a ciertos entresijos del comportamiento humano tardaría aún casi una década en llegar al cine americano? Eso sí, la entrada fue discreta: la película tiene una innegable factura de producción de serie B y el tono impostado del teatro social que triunfaba entonces en la escena neoyorquina. Como si dijéramos: una historia sórdida para el público que gusta las películas de gánsteres o para el que sigue el teatro avanzado. Y, ya puestos, para el que rebusca -y eso estaba por llegar- en las sentinas de la televisión o de Internet.

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Había tanto que limpiar. Y este chaparrón de verano ha durado tan poco...

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