lunes, septiembre 28, 2015

AFICIONADO


Después de darle muchas vueltas, me decidí a participar en el concurso de pintura que organiza mi barrio adoptivo, el de San Antón, en B., y no limitarme a curiosear en el trabajo de otros, como he hecho en años anteriores. Ha sido una osadía por mi parte; sobre todo teniendo en cuenta el nivel de los participantes. Pero en la categoría "Aficionados" cabe todo, y nadie me puede discutir que me cuente entre la modesta tropa de quienes aman la pintura sin tener demasiadas aptitudes para ejercerla. Además, hacía una mañana espléndida y el rincón que pude elegir, por madrugador -fui de los primeros en llegar-, garantizaba una agradable sombra hasta el mediodía. Allí planté una mesita plegable y dispuse mis acuarelas, que es la única modalidad pictórica en la que he perseverado algo más allá de la adolescencia, cuando pintaba casi con la misma regularidad con la que me ejercitaba en escribir mis primeros versos y cuentos.

Así que allí estaba, a la vista de todos y expuesto a la retranca de más de uno. En general, lo llevé bien. Predominaba una inhabitual sensación de bienestar físico y mental, unido a un impagable sentimiento de que, durante esas horas, no había otra cosa en el mundo que requiriese mi atención o preocupaciones, más allá de la pintura que me ocupaba... He dicho "pintura" y, en realidad, tendría que haber dicho "pinturas", porque la acuarela es una técnica de ejecución rápida, así que en el hueco de la mañana pude hacer varias versiones del tema que me traía entre manos: una especie de homenaje a Gaya consistente en un pequeño bodegón con dos frascos de cristal entre los que se sostiene una estampa que, en mi caso, en vez de ser la habitual referencia a pintores clásicos que gustaba de hacer el pintor murciano, reproducía una vista esquemática de la fachada del viejo refugio de excursionistas -hoy hostal y restaurante- que domina la plaza.

Durante unas horas, ya digo, no hubo para mí otra preocupación en el mundo. Pasaba gente y algunos se me quedaban mirando y otros me interpelaban directamente e incluso me gastaban alguna broma. Delante de mí, la plaza, libre de coches, había cambiado su fisionomía y revelaba su verdadera condición de lugar donde la gente se congrega y actúa con esa desinhibición que sólo se da entre iguales entregados a un mismo propósito: una imagen muy explícita, me parece, de lo que debe entenderse por sociedad civilizada. Hay que decir que el concurso responde a una iniciativa vecinal y no depende en absoluto del patrocinio de ninguna institución, lo que añade, al encanto de la situación creada, una especie de legítimo sentimiento de orgullo cívico por participar en ella. Y así echamos el día; quiero decir, la mañana, porque lo cierto es que, al filo del mediodía, empecé a percibir el desgaste de energías que suponen unas pocas horas de absoluta dedicación a esta particular manera de ejercitarse en la felicidad compartida. Me sentí de pronto muy cansado, ay. Y ese cansancio me duró el resto del día.  

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