lunes, septiembre 14, 2015

CELEBRANDO

La caminata ha durado algo más de una hora. Y ha merecido la pena. Lo extraño, nos decimos, es que no nos hubiéramos decidido antes a llevarla a cabo. Y como todavía hay quien teme al calor, sólo nos hemos cruzado con una pareja de amables ciclistas que nos saludan efusivamente, con esa desacostumbrada cortesía entre extraños que se suele dar en estos lugares aislados, y con un grupo de excursionistas que, por contraste, nos vuelven ostentosamente la cara, o fingen ir absortos en sus teléfonos móviles. Nos llevaban una exigua delantera y han vuelto sobre sus pasos apenas alcanzado el final del trayecto. Nosotros no. Hay mucho que explorar: una casa en ruinas, la sima en la que desembocan unos arroyos ahora secos -y que toma su nombre, hemos leído, de un pobre hombre al que arrojaron a ella durante la guerra civil-, unos acogedores encinares... Elegimos uno de ellos para almorzar a su sombra y luego descabezar una siesta. Frente a nosotros, el paisaje ha tomado un sesgo familiar: el grueso tronco torcido de una gran encina, doblado casi en ángulo recto y extendido en paralelo al suelo, enmarca la vista de otro bosquecillo situado en la orilla opuesta del cauce seco. Y caigo en la cuenta entonces -no hay error posible- de que es uno de los paisajes que he pintado al acuarela este verano, basándome en una fotografía encontrada en Internet. 

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Una pequeña sorpresa: el poema "Eduardo Chicharro", que cierra el libro Amadís y el explorador, de Ángel Crespo, de quien siempre he preferido su labor como traductor y erudito antes que la estrictamente poética. Pero me ha emocionado este monólogo de ultratumba, puesto en boca de un amigo fallecido que se dirige, entre guiños y alusiones más o menos privadas, al propio Ángel Crespo y otros miembros de la vieja hermandad postista: Carlos Edmundo de Ory, Gabino Alejandro Carriedo o Francisco Nieva. Hay algo extrañamente convincente en estas imaginarias conversaciones con alguien que nos ha precedido en la cita ineludible: una especie de deseable proyección de la conciencia a ámbitos sobre los que no pesan ya sus evidentes limitaciones. Lo que no deja de tener su carga de consuelo. Y, no sé por qué, la lectura de este poema -que no pertenece, ya digo, a un poeta que cuente entre mis preferidos- me ha puesto en ese estado de, digamos, predisposición al entusiasmo, fuera del cual resulta vano el mero intento de leer poesía.

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No está uno preparado para estas inesperadas rondas conviviales. Habíamos mencionado la posibilidad de tomar una cerveza y el resultado fueron tres, seguidas de al menos otras tantas copas de vino blanco. Celebrábamos sólo el mero azar de habernos encontrado en la plaza. Y si la cordura no llega a imponerse, todavía lo estaríamos celebrando.

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