lunes, septiembre 21, 2015

DEL CAMINO


Nos ha costado mucho esta vez la ascensión hasta Fardela. Y no tanto, quizá, porque estemos en baja forma física, como por la sensación de que las preocupaciones y el estrés pesan sobre nuestras piernas más que la propia fatiga. Para remontarse a según qué alturas hay que tener el alma ligera. O dotarse de alas más fuertes, si cabe. De un ala así, titánica, debe de proceder la enorme pluma leonada que hemos recogido del suelo en las inmediaciones de nuestro destino. Una pluma como para escribir con ella una página de la Consolatio de Boecio, por lo menos.  

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El tiempo ha seguido castigando la casa en ruinas: en toda la extensión de sus dos cuerpos sólo queda un pequeño espacio techado, en el que calculamos que se refugia de los elementos el solitario pastor que a veces hemos visto atendiendo la finca. Nosotros preferimos sentarnos en la banca de piedra adosada a la fachada norte, esperando que nos proteja de las rachas de viento de levante que de vez en cuando barren la planicie. Durante todo el trayecto he venido pensando en el desenfadado ensayo de Stevenson Sobre el disfrute de los lugares desagradables. No es que el hermoso paraje en torno a Casa Fardela lo sea. Pero hoy quizá el viento le añade un innecesario toque de dramatismo. Por eso me acuerdo de lo que dice Stevenson al respecto: nada mejor, en estos casos, que buscar el lado resguardado de una colina y desde allí contemplar la acción de los elementos. Eso hacemos. Al otro lado del cercado de piedra que remata el altozano colindante, buscamos acomodo entre unas encinas y allí damos cuenta de un bocadillo y unas cervezas. 

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Va uno por el camino pensando en sus cosas. O, mejor dicho: se entrega uno a sus pensamientos en el momento mismo en que empieza a funcionar el automatismo de andar sin sentir el esfuerzo. Y es curioso que sea éste el que desencadena la primera cadena de asociaciones: la sombra con las piernas ligeramente arqueadas de quien camina por un pavimento desigual me ha traído a la memoria los andares de los mariscadores que hicieron conmigo un tramo de trayecto en autobús dos días antes. Antes de subirse al vehículo vaciaron en el arroyo junto al bordillo de la parada el agua de los cubos en los que llevaban el botín del día: unos kilos de muergos. Están tan frescos que ni huelen, en contra de lo que los otros viajeros nos temíamos. Se sientan los mariscadores justo delante de mí y los oigo hablar de sus cosas; de las triquiñuelas, por ejemplo, que emplean para burlar la vigilancia de los guardias. A la mañana siguiente veo a uno de ellos vendiendo muergos y lenguados en plena calle. Apela al sentido de la economía de las señoras que hacen la compra. Pero ninguna se le acerca, asustadas quizá de la mirada huidiza, como de animal acosado, y de  las facciones hundidas del vendedor. Es un hombre de edad indefinida: lo mismo podría tener cuarenta que setenta años. Y algo me hace pensar que no siempre se ha dedicado al marisqueo.

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La sombra negra del inidentificable animal que ha desaparecido tras unos arbustos a nuestro paso: un pensamiento que huye.

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No hay esfuerzo sin premio, se dice el optimista. También lo tienen estas caminatas sin rumbo: su recompensa es el regreso. Bueno, y la cervecita que viene después.

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