miércoles, octubre 07, 2015

LONDRES O TÁNGER

Se va haciendo sentir el otoño, no tanto por las temperaturas, que siguen siendo altas, como por la luz, que ya ofrece decididamente las tonalidades propias de la estación. Mañanas apenas veladas por brumas que no acaban de ser nublados, pero que anticipan los cielos encapotados de los días oscuros por venir; tardes bañadas en toda la gama que va del amarillo al morado, antes de disolverse en una penumbra plomiza. Sintoniza uno bien con este tiempo: la cabeza se mantiene despejada y el fresco -relativo- mantiene el cuerpo en buena disposición para cualquier esfuerzo, e incluso para ese tipo especial de inactividad consistente en no hacerse notar cuando es la mente la que trabaja. Días buenos para hacer proyectos, porque hay predisposición a sentirse en condiciones de cumplirlos. Por estas fechas, recuerdo, hace cinco años me pedí un mes de licencia laboral y me fui a Madrid a empezar una novela, la tercera de mi trilogía autobiográfica. Si hoy me sintiera igual de optimista, no sé a dónde me marcharía para empezar algo nuevo. A Londres, quizá, o a Tánger, que son dos lugares que parecen sintonizar bien con esas expectativas de estímulo que atribuye uno a ciertas referencias de su geografía sentimental. Otro año será.

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Mi última columna de cine ha hecho que más de uno me mire con cara de haberme pillado en un renuncio. "¿Así que estas son las películas que ves? Te creíamos un cinéfilo de gustos refinados...". Pero sí, he visto mucho cine ínfimo. Tiene algo que ver con los hábitos noctámbulos -que son elección- y con el insomnio -que es condena-. Hubo incluso una época en mi vida en que elegí trabajar en turno de tarde-noche, y cuando volvía a casa, al filo de la medianoche, lo que tenía por delante era todo ese cine que las televisiones de entonces emitían de madrugada porque era absolutamente desaconsejado hacerlo en horas de máxima audiencia, y que lo mismo incluía españoladas de Mariano Ozores que películas de culto de la factoría de Warhol, sin olvidar los curiosos híbridos que filmaba Jesús Franco. Las vi todas. En general, me divirtieron. Y no me arrepiento, la verdad.

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Me voy haciendo mayor. Ya sólo soporto leer unas setenta páginas diarias. A este paso, no me acabo la literatura universal.

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