lunes, octubre 19, 2015

SILVES







Ni siquiera en Portugal la lluvia favorece siempre, y por eso nuestra llegada a Silves -transcribo aquí mis notas de un breve viaje durante el pasado puente del Pilar-, en medio de una mañana lluviosa, resulta más bien decepcionante. La carretera general rodea el pueblo y facilita la entrada por una rotonda que desemboca directamente en una manzana de modestos bloques de viviendas, desde la que tratamos de reorientarnos. Cuando, al día siguiente, comprendemos lo pequeño que es el pueblo y la imposibilidad de perderse en su breve trama, nos asombra ese desconcierto nuestro inicial. Pero uno se asusta siempre de lo que no conoce, y de ahí lo interminable de los escasos minutos -no fueron más- que empleamos en identificar la plaza en la que hemos venido a desembocar -el Largo da República- y localizar la calle en la que se ubica nuestro hostal. Ahora la lluvia ha arreciado, como para complicar las cosas. Con la diferencia horaria, además, resulta que la mañana se nos alarga más de lo que esperábamos. La habitación, nos dicen, no estará lista hasta la una del mediodía, y apenas son las once y media, hora local. Así que optamos por ir a dar un paseo, lo que a todas luces, dada la climatología, resulta aconsejable. 

Tampoco hay casi nadie en la calle: los posibles visitantes, nos ha dicho nuestra patrona, han anulado sus reservas a última hora. Así que nos refugiamos en el primer bar abierto que nos sale al paso, un salão de chá regentado por una inglesa a la que le hacen mucha gracia nuestros primeros intentos de comunicarnos en portugués; en el que, a falta de otro recurso, dedicamos un rato a planear el resto del día. En contra de mi costumbre, esta vez no he venido pertrechado de planos y guías, y sólo contamos con las recomendaciones de las webs para turistas que consultamos en los teléfonos móviles. Que nos llevan, después de otro desaconsejable paseo bajo la lluvia, a los soportales del mercado, donde su ubica una concurrida churrascaria o asador muy concurrido en el que sirven pollo asado y pescados a la brasa. Y ahí el ánimo parece reponerse. A pesar del ajetreo, nos atienden pronto y amablemente. El vinillo peleón de la casa no está mal, y los asados -pollo primero, y luego unos exquisitos chicharros- están en su punto. Agradecemos también el detalle de que el postre -una bandejita con un surtido de frutas y confituras- y la copa de licor sean obsequio de la casa. Hacía doce años que no veníamos a Portugal y en ese tiempo los agoreros de siempre nos habían asegurado que el país ya no era el mismo, que ni se comía como antes ni la gente era tan amable como solía. Pero nos ha bastado esta primera impresión para desmentir esos negros presagios. Los únicos que hemos cambiado, quizá, somos nosotros.

Por la tarde escampa y podemos recorrer el pueblo. A la luz de un día nublado Silves, con toda su sobriedad y -por qué no decirlo- su pobreza, adquiere una rara dignidad. Ha pasado la hora de visita de los monumentos, pero la Sé está abierta y podemos asomarnos a su acogedora penumbra, en la que rezan una decena de beatas. Es una catedral modesta, como tantas de Portugal: o, mejor sería decir, una catedral que disimula la posible magnificencia de sus muros de piedra bajo inmemoriales capas de enjalbegado: ese doble contrasentido, en fin, del gótico encalado y dispuesto en proporciones tendentes a la horizontalidad. También el castillo árabe, visto de cerca, es sencillo y recatado, como lo es el puente -a ponte- romano, también enjalbegado, sobre el último tramo, ya penetrado de mar, del río Arade. Por esa ponte cruzamos a la melancólica barriada de hotelitos y chalés dispersos que ha crecido en la orilla opuesta, con las fachadas orientadas a lo que es la vista más pintoresca del pueblo: la postal del blanco caserío dominado por los perfiles de la catedral y el castillo. No es mal botín para un primer día.

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