lunes, noviembre 30, 2015

CASTAÑOS




Hacia el valle del Genal, para ver los castaños amarillecidos. A las diez de la mañana el coche -vamos cuatro amigos- está ya enfilando la carretera de Cortes, en dirección al extremo sur del valle. Paradas obligadas: el mirador de Algatocín, el merendero junto al río en las cercanías de Jubrique y el propio Jubrique, desde donde recorremos a pie buena parte del camino someramente asfaltado que se dirige a Faraján. Antes, el prodigio del valle a la luz de una mañana soleada. A esa hora -quiero decir, antes del mediodía-, el sol cae raso sobre el techo del bosque y hace el efecto de uniformar la masa de encinas, quejigos y alcornoques en una sola mancha verdigrís, de la que sobresalen, singularizándose, los castaños amarillos, encendidos como fanales en medio de una tiniebla espesa de la que brotan, aquí y allá -discutimos si se deben a la quema de rastrojos o a las chimeneas de las casas de labor ocultas bajo la masa arbórea-, lentas columnas de humo que se diluyen en la casi imperceptible neblina. 

Pero la visión panorámica que depara el trayecto en coche es sólo un anticipo de la impresión más duradera y cercana que causan estas arboledas mixtas cuando nos adentramos en ellas. A los árboles ya mencionados hay que sumar olivos, algún que otro nogal y distintas variedades de pinos, amén de los también amarillecidos chopos que se cimbrean junto a los cauces de las torrenteras secas y algunos macizos de naranjos agrupados en torno a alguna casucha casi invisible. A la impresión visual se une ahora la sonora. El aire arranca modulaciones distintas según entre qué árboles se mueva: acuáticas, como de lluvia espesa, cuando agita los castaños; de fronda sacudida por el paso de una criatura viva cuando menea los chopos; también, de vez en cuando, la nota vagamente metálica, como de lámina de estaño rozada contra una superficie rugosa, de una hoja al tocar la grava. Al borde del camino, los endocarpios espinosos conservan todavía deliciosas castañas en su punto justo de madurez para que la piel se despegue de la pulpa. Recogemos también alguna nuez caída de los nogales pegados al camino, y con unas y otras vamos entreteniendo el paseo. 

A la vuelta, el efecto de las sombras alargadas por la luz de primera hora de la tarde crea sorprendentes efectos de alineaciones en las irregularidades de la masa arbórea, que acentúan aún más si cabe el contraste entre los verdes apagados del encinar y las copas amarillas de los castaños. Que, con la última luz, quedan reducidos a un mero espolvoreo de purpurina dorada sobre la masa ya uniformemente oscura del resto. La brevedad del día parece acelerar el proceso: tras la sobremesa en el merendero, queda apenas una hora de luz, la que nos permite apreciar las últimas variaciones de textura y color del valle que vamos dejando atrás. Quizá no sea otra la lección del otoño: su énfasis en la intensidad de lo breve. M.A. lo remacha al día siguiente, mientras asistimos a la perfección de otro amanecer: es como si fuera el último. Bueno, sea. Pero tampoco nos pongamos dramáticos.