lunes, noviembre 16, 2015

EL FUTURO

Viernes noche. Previsión de cena tardía y sobremesa alargada, como corresponde al inicio del fin de semana. Mientras M.A. ultima la cena voy poniendo la mesa, busco música agradable en Internet y organizo un poco el modesto caos de objetos familiares -libros, dibujos, mandos a distancia, teléfonos, posavasos, bolígrafos, cojines, mantas de viaje- que testimonia la voluntad dispersa que ha gobernado las horas de ocio precedentes. Por fortuna, no hemos mirado las redes sociales ni los titulares de los periódicos, así que somos totalmente ajenos a lo que en ese mismo momento está sucediendo en otro lugar del mundo en el que otros como nosotros también se disponían a pasar la tarde-noche del viernes en los consabidos templos del ocio de una ciudad a punto de convertirse en objetivo de una matanza. Nosotros a lo nuestro: la cena, despaciosa y ritual, un poco sobreinterpretada quizá, como corresponde a personas maduras que saben que también la intimidad tiene algo de teatro de afectos. En los altavoces, crooners sobre todo: Sinatra, Mario Biondi, Michael Buble. No, no me he esforzado mucho: viejas canciones que nos sabemos de memoria, y que por eso apenas si interfieren en la conversación. ¿De qué hablábamos? De esto, de lo otro, de la gente, de nosotros. Es el momento de poner en valor esa especie de modesto heroísmo en que consiste la rutina, los logros cotidianos, los pequeños fracasos asumidos sin demasiada acritud... No, no he escrito demasiado acerca de estas cenas nuestras, pero creo no equivocarme al decir que las semanas giran en torno a ellas, o que uno hace esto y lo otro y lo de más allá sólo por tener la ocasión de traerlo a la mesa y soltarlo aquí, como diciendo: la semana ha sido dura, pero aquí estamos de nuevo y podemos contarlo. Y esto dura hasta las doce y media, más o menos, cuando, mientras recojo los platos, M.A. mira la pantalla de su teléfono móvil y dice: "Ha pasado algo. En París. Decenas de muertos." Encendemos el televisor y sintonizamos el canal de noticias. La matanza, efectivamente, había comenzado casi en el momento justo en el que servíamos la mesa. Sensaciones sucesivas de pena, de horror, de indignación, de preocupación por la hija viajera. También, conciencia de la futilidad de todos estos pequeños actos cotidianos sobre los que la Historia con mayúsculas -es decir, esa especie de continuo empeño en embestirse al que se entrega el ser humano cuando aparca su individualidad y se entrega a la embriaguez de las abstracciones sobrehumanas- pasa como una apisonadora. Permanecemos casi dos horas ante el televisor, y también pendientes de las noticias que los periódicos desgranan en sus ediciones digitales. También percibimos, ay, ese absurdo modo que los medios tienen de llenar de palabrería e imágenes repetidas hasta la saciedad lo que no es otra cosa que un largo intervalo de incertidumbre y falta de explicaciones o respuestas. Los seguimos, intuimos, porque también para cada uno de nosotros es difícil interiorizar el alcance de unos hechos cuyo enunciado no ocuparía ni diez segundos: "Unos desalmados asesinan en París, sin motivo alguno pero con estudiada premeditación, a un centenar largo de personas". Con esa áspera verdad nos vamos a la cama. 

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Nos habían hablado mucho de esta panadería, e incluso nos habían llevado hasta su misma puerta, que siempre habíamos hallado cerrada, porque estos panaderos son de los que a primera hora de la mañana echan el cierre y se van a dormir. Es un local modesto: una habitación no más grande que la sala de estar de un piso, alicatada hasta el techo con azulejos blancos ya un poco amarillecidos por el tiempo. Una chica en ropa de calle -una aprendiza, quizá- raspa el fondo de una enorme artesa, mientras la encargada, enfundada en una impecable bata blanca, sale a la puerta a atendernos. No, no queda pan en los tamaños y formatos que suele llevarse la gente, pero, si queremos, podemos llevarnos una telera de dos kilos o incluso la mitad de una de cuatro. Quedan también algunas "molletas" de desayuno: pedimos cuatro y nos regalan otras tantas, quizá porque ya no esperan venderlas. Así que salimos del establecimiento con lo que resulta una cantidad abrumadora de pan para el consumo de dos personas. No importa, nos decimos: lo congelamos y vamos sacando lo que precisemos a lo largo de la semana. De todos modos, acudo a casa de un amigo, con intención de ofrecerle un poco; pero él ya tiene también para el avío. Hemos apartado también unas molletas para nuestro vecino. Aún así, nos inquieta el sobrante: esa abrumadora responsabilidad que, quisiéramos suponer, debe de pesar sobre todo aquel que posee más de lo que en buena ley le corresponde. 

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De la limpieza de malas hierbas ha salido un brote de alcornoque. Me lo ha dado el amigo al que fui a ofrecer pan y he corrido a sembrarlo en una maceta.  Su destino natural, lo sé, es crecer hasta desarrollar una copa bajo la que pueda refugiarse un rebaño. Eso no será en mi pequeño patio, desde luego. Pero con los niños ya se sabe: lo mejor es criarlos en salud, sin pensar demasiado en el futuro, que ya llegará.

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