lunes, noviembre 23, 2015

EL MOSTO DEL AÑO









La pulcritud de las instalaciones desmiente un tanto el sentido del rito: hemos venido a probar el primer mosto del año, que lo mismo no es el primero y que ni siquiera es de aquí, de esta finca que ya no conserva sus viñas, y cuya gañanía remozada se ha convertido en un coqueto restaurante de fin de semana. Pero, en todo caso, la ocasión satisface nuestra necesidad de señalar de alguna manera que el otoño -season of mists and mellow fruitfulness, que decía el poeta John Keats- está en su punto álgido. Brumas (mists) no ha habido demasiadas en lo que llevamos de otoño, aunque no creo que la fecundidad (fruitfulness) de la estación se haya resentido por ello: hubo lluvias tempranas casi al final del verano, que han provocado en el campo una especie de primavera extemporánea. 

Todo anda un poco trastocado, quizá. Y por eso el día empezó amenazando lluvia y el guarda de las ruinas que fuimos a visitar antes del almuerzo se las echó de hombre de campo al asegurarnos que debíamos coger los paraguas antes de adentrarnos en el laberinto de piedras. Estas ruinas fenicias cercanas al poblado de Doña Blanca siempre me han fascinado: la impresión de inconmensurable lejanía que producen -el enclave, posible primer emplazamiento del Gades fenicio, fue fundado hace dos mil ochocientos años-, se mezcla con la evidencia de que, en su concreción, la ciudad no debió de ser muy distinta de cualquier pueblo marinero de los que existieron hasta anteayer, con sus pequeñas casas encaladas, su embarcadero y sus instalaciones para la salazón del pescado. Incluso los hornos de pan que se han desenterrado en muchos de estos habitáculos me recuerdan a los que todavía tienen las casas de la sierra. Lo único extemporáneo, quizá, es la sensación de amenaza con la que los habitantes del lugar debieron de convivir a lo largo de prácticamente toda su cronología: se conservan vestigios de hasta tres trazados de muralla, algunas reforzadas con fortines y torres de vigilancia. Piensa uno en los outposts de Conrad: pequeños y precarios enclaves amenazados por merodeadores de todo tipo. Aun así, el poblado permaneció habitado seiscientos años.

Hasta aquí, la visita. Luego la viña: jarras de mosto, sopas de ajo y el potente cocido que aquí llamamos "berza", aunque frecuentemente no incluya la verdura que le da nombre. Ahora el nublado es intermitente y el perfil metálico de las lomas peladas aparece bañado en una luz cambiante, que vira del plomo al oro en cuestión de segundos, según las nubes rápidas van ocultando o descubriendo el sol. Miro a mis compañeros de mesa. A algunos los vengo tratando desde hace decenios, y quiero pensar que esa relación determinada por la convivencia laboral no ha impedido la posibilidad de un verdadero afecto. Lo sabemos casi todo unos de los otros: malhumores, aspiraciones, mudanzas, el crecimiento de los hijos. Sin embargo, una curiosa modalidad de la cortesía nos lleva a mantener la ficción de que nuestro trato se limita a una serie de ocasiones formales muy bien acotadas, a menudo divertidas -mejor así- y siempre un tanto protocolarias. Y a mí no me parece mal, porque quizá este logro de una cortesía sin altibajos, mantenida durante lustros, valga más que las veleidades de la novelería, las afinidades coyunturales o los entusiasmos pasajeros. La media de edad es alta: los más jóvenes hemos cumplido ya el medio siglo; y, por ello mismo, algunos de los presentes cuentan ya los meses que les faltan para jubilarse. Verdaderamente, es éste un banquete otoñal. Hace un cuarto de siglo, los pensamientos que me inspiraban esta clase de ocasiones eran otros. Entonces era uno un veinteañero impertinente al que divertían bastante las pretensiones de protagonismo histórico que asumían todos aquellos hombres patilludos y aquellas mujeres desenvueltas que habían visto morir a un dictador y establecerse una democracia en la que ellos mismos copaban ya los puestos subalternos, de representante sindical a concejal, pasando por toda la pedrea de sinecuras de poca monta que se repartían desde el poder. Hoy, curiosamente, lo que falta en esta reunión son veinteañeros, e incluso treintañeros. Campan por otros predios, viajan más, eluden los formalismos. Así deben de ser las cosas. Lo que no se aprecia ahora es un contraste generacional tan acusado como el de entonces. No sé si esto es bueno o malo. El caso es que el mosto entra bien, la comida es buena y la compañía inmejorable. Y la melancolía, si acaso, un adorno. Qué mas puede uno pedir.


Fotografías: Ana Romero

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