lunes, noviembre 09, 2015

EL SALTO


No importa mucho que hayamos coincidido con un grupo de unos treinta excursionistas: el prado es lo bastante grande para que quepamos todos sin estorbarnos, y ni siquiera escuece demasiado el hecho de que hayamos subido hasta aquí en busca precisamente de paz y silencio. Sólo las vacas -cuatro, todas distintas: una completamente negra, como un toro bravo; otra, a parches rojos sobre fondo blanco, como la protagonista del anuncio de cierto chocolate con leche; otra cobriza, otra blanquinegra- parecen acusar la molestia y bordean con gesto de desaprobación la multitud, en busca de un rincón tranquilo. Y lo curioso es que todo esto -la multitud diseminada en pequeños grupos, las vacas, las formaciones rocosas que emergen del pastizal, las encinas- parece como empequeñecido por un sol al mismo tiempo benevolente y cegador, que invita a dejarse acariciar por él y a entornar los ojos para protegerlos de la claridad excesiva. Hasta los mismo verdes, bajo esta luz, resultan cegadores, o más bien irreales, como si el paisaje entero se inscribiese en un orden de existencia distinto al habitual: de cosa soñada, o entrevista tras un filtro que polariza los colores y desrealiza los objetos que los sustentan. A nuestras espaldas, la bajada al Salto, que es el término natural de este paseo. Pero esta vez nos la ahorramos: no hemos venido a contemplar abismos, sino -no lo sabíamos, claro- a recrearnos en la intensidad de lo inmediato. Ha cesado también el bullebulle interior, la habitual desarmonía de voces contradictorias. Ha durado sólo unos minutos. Luego hemos tenido que regresar.

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Me he olvidado en la sierra la carpeta con el trabajo que he tenido que terminar en casa durante el fin de semana. También, los libros que ando leyendo. Me agobia indeciblemente el descuido, que implica que el esfuerzo que he hecho para poner el trabajo al día ha sido inútil. Pero también me digo que el olvido puede obedecer a un inconsciente deseo de soltar lastre. En todo caso, me inspira cierto respeto este otro yo descuidado y negligente que de vez en cuando asoma. Debería fiarme más de él; y, en todo caso, encomendarle la dirección de mis asuntos con más frecuencia.

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El sabor del boletus aereus: más intenso y áspero que el popular boletus edulis. La ración precede una deliciosa pierna de choto. Esencias de la tierra, que invitan no tanto a la glotonería como al recogimiento. Y todo lo demás es gula.

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