martes, noviembre 03, 2015

MAYORÍA SILENCIOSA

Viento racheado y cielo plomizo: así amanece el día de Todos los Santos, que es también el de los muertos; o, si se quiere, una de esas extrañas maneras oblicuas que los vivos tenemos de celebrar el hecho de estar de este lado de la sutil línea que nos separa de la mayoría silenciosa. Anoche, unos chiquillos disfrazados aprovechaban la ocasión para recolectar caramelos, mientras algunos adultos, sentenciosos y campanudos, se quejaban de la creciente popularidad entre nosotros de esta costumbre extranjera. Pero a mí no me parece que esa tradición foránea esté demasiado alejada de las nuestras: por ejemplo, de la costumbre gaditana de adornar los mercados y representar en los puestos escenas satíricas cuyos personajes son cuerpos de animales muertos engalanados para la ocasión; o la de comer frutos secos como celebración del otoño, pero también como manera de evocar simbólicamente el tacto y consistencia de los huesos; o la de representar ese carnaval de aparecidos y aprensiones sobre el Más Allá que es el Tenorio... Que estos niños se disfracen ahora de vampiros o muertos vivientes no me parece que desentone demasiado. Otra cosa es que se hayan parado antes a pensar que lo que se celebra es, precisamente, nuestra condición mortal, y la alianza inextricable entre ésta y el milagro irrepetible de la vida. Pero ya tendrán tiempo.


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Inesperada cena de lujo: atún marinado, croquetas de chipirones, atún en tataki... Íbamos buscando un tentempíé y he aquí que la ocasión nos permite degustar estas delicias fuera de carta. Que agradecemos, sobre todo, porque aquí nunca venimos exactamente a comer, sino a propiciar un rato de intimidad en torno al ritual de la cena. Otras veces lo hacemos en casa. Pero aquí, entre amigos que a veces se acercan a la mesa y nos preguntan cómo va todo, esa buscada intimidad parece incluso mejor defendida, a salvo de la intrusión de ese otro enemigo implacable: la costumbre.


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Sostengo la pesada puerta de la cancela para dejar pasar a una mujer embarazada que empuja un carro de la compra. Quizá hubiera debido también ofrecerme a llevarle el carro hasta el ascensor. Pero hay algo en su tímida manera de dar las gracias -y no sé si el acento extranjero habrá contribuido algo a ello- que me hace comprender que esta mujer ha aprendido a desconfiar de las amabilidades excesivas de los extraños, y que interpretaría un nuevo paso en ese sentido como una intromisión no bienvenida. Sea. Y es curioso que este frustrado intento de amabilidad por mi parte me duela tanto ahora como si hubiera cometido una involuntaria descortesía.


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Más de diez días sin anotar nada en este cuaderno. Se me va la vida en... colaboraciones.

1 comentario:

Setefilla Almenara J. dijo...

El mundo está del revés, las mujeres exigimos cortesía a los hombres y, cuando se nos ofrece lo vemos como una farsa, una treta con segundas intenciones, así son las cosas.
Un placer la visita.