miércoles, noviembre 04, 2015

POLVORONES DE TÁNGER


Llama la atención que, una vez pasado el temporal, la calma que se respira por encima del nivel del mar, diríamos, no termina de trasladarse al mar propiamente dicho. Ha amanecido una espléndida mañana de otoño, apenas empañada por un nublado claro que ni siquiera amenaza lluvia. Sopla una brisa ligera, juguetona, que parece empeñada en insuflar un cierto humorismo bienintencionado a esa hora del día en que la gente parece embozada en sus pensamientos y se dirige a toda prisa a sus obligaciones. Pero el mar, sin embargo, sigue en lo suyo, como emperrado en una furia que no termina de soltar. Lo milagroso es que se contenga, y que las deflagraciones incontenibles que se suceden a pocos metros de la línea de costa se amansen como por ensalmo al morir en la playa. Otra cosa son las escolleras: contra ellas aplica el mar toda su furia, y ello sucede a apenas unos centenares de metros de este otro tramo de orilla remansada desde el que lo miro. No sé. Tiene uno la impresión de que aquí se dirime algo que de algún modo nos concierne, pero para lo que no es necesario ni nuestro asentimiento ni nuestro concurso: sólo nuestra aceptación.


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Polvorones de Tánger: los ha traído un compañero, para que los degustemos entre clase y clase. Tienen un ligero toque a almendra amarga, que me trae a la memoria los olores acendrados de los puestos del mercado callejero en la medina, y también la alegría vespertina en el barrio de casas bajas que linda con los acantilados a los que se asoma el café El Hafa. Los muerdo y me hacen el efecto de la magdalena de Proust: me parece estar allí en un no lejano febrero, en la tarde despejada de un día que empezó lluvioso. Como hoy.


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Primer catarro, primer anuncio de esa sensación de fragilidad al borde de la destemplanza que no me abandonará hasta la vuelta del buen tiempo, en el lejano mayo.

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