sábado, enero 14, 2017

CASA DIEGO

Me está gustando este Wimbledon Green, el mayor coleccionista de cómics del mundo, la "novela gráfica" -¿no sería mejor decir "tebeo"?- del dibujante Seth que me regalaron por Reyes, y que utiliza la falsilla de la bibliofilia para tejer una amalgama de vidas desenfocadas y empeños sostenidos contra toda lógica. 

Hoy he leído el capitulillo en el que el protagonista desgrana sus recuerdos y menciona la tienda de tebeos y chucherías en la que se abastecía de ese paliativo de la soledad que son las lecturas infantiles. Donde habla de "la tienda de Pete" leo yo "casa Diego" o "casa Maruja": bajo los dos nombres se conocía el humilde establecimiento en el que compraba mis tebeos, mis sobres de soldaditos y otros humildes juguetes y pasatiempos, que iban desde las planillas de naipes de la casa de Heraclio Fournier -para desprenderlos había que cortar a lo largo de una línea perforada, como los cupones-, hasta las pistolas de muelle que disparaban un tapón de corcho. Esto último me reconciliaba un poco con la especie: implicaba juego con otros niños, aunque sobre una base de ficción compartida y reparto negociado de papeles, y no sobre el principio de ruda competición implícito en los deportes. Pienso ahora que aquella tiendecilla en la que no había un solo libro -como no los hubo en mi casa hasta que fueron llegando los primeros que yo pedí- fue mi primera librería, en tanto que todo lo que allí compraba abocaba a hábitos de soledad imaginativa similares a la lectura propiamente dicha. Debe uno mucho a ese establecimiento. Tal vez por ello frecuento ahora los mercadillos y las librerías de viejo: en busca de esa misma emoción del hallazgo, que no se satisface nunca en la abundancia algo obscena de los grandes almacenes. 

***

Va llegando el frío en dosis homeopáticas: el que se siente a primera mañana en el breve trayecto a pie desde la plaza de aparcamiento al trabajo. Luego, ya en faena, se olvida  uno de él, como los campesinos se olvidan de la rasca en cuanto doblan el lomo. Al mediodía, sol radiante y temperaturas por encima de los veinte grados. Y no, no termina de cuajar esa sensación de travesía en lo oscuro que representan los días más crudos del invierno. No sabría decir si los echo de menos: es como esa fantasía de que, con cada año que pasa, deseamos menos volver a la indefinición e incertidumbres de los años precedentes. Nadie había pedido esta eterna primavera. Y, sin embargo... (14/1/2016)