sábado, enero 21, 2017

COSTUMBRISMO




Asomado a la ventana, con la vista puesta en el horizonte y una cierta voluntad de hacer abstracción del entorno urbano que me rodea, me asalta la plena convicción de que la imagen que tengo delante -la playa, unos escollos, el cielo jaspeado de jirones de nubes- es la misma que pudo haber contemplado alguien que se hubiese situado en este lugar antes de que existiera, no ya el edificio en el que estoy, sino la propia ciudad o incluso los rudimentos mismos de sociabilidad de los que ésta ha surgido: un merodeador solitario que se hubiese parado a otear el mar desde la cima de un promontorio y que acaso hubiese tenido también la premonición de unas gentes extrañas levantando sus casas y afanándose en sus rutinas en ese mismo sitio muchos siglos después, alterando para siempre su fisonomía, pero manteniendo intacta la posibilidad de fascinación ante lo inmenso, en la que sólo cuenta la mirada y el horizonte que la circunscribe.

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A esta hora de la mañana el hospital parece una feria. Los bares que flanquean la carretera de acceso están atestados, como lo está el aparcamiento de pago que han habilitado en un descampado adyacente a la zona hospitalaria propiamente dicha. En los accesos, vendedores ambulantes y puestos de fruta. Sensación, de pronto, de estar en un país abigarrado y remoto, que no es otro que el ignoto corazón de nuestro insalvable costumbrismo. Hacer literatura de esto casi sería un abuso. (21/1/2016)

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