jueves, enero 05, 2017

DENTRO DE LA CAMPANA


El regreso de la sierra ha agravado la congestión de oído que vengo padeciendo desde hace semanas. Estoy medio sordo; o mejor dicho: mi capacidad de audición ha perdido relieve, y basta un pequeño ruido de fondo -la radio encendida, por ejemplo- para emborronar cualquier otro sonido, incluidos los más cercanos. Así que heme aquí recluido en lo que podríamos denominar la expresión máxima de mi manera normal de estar en el mundo: el ensimismamiento. Ahora la madriguera va conmigo, como los caracoles llevan consigo su concha; o, mejor, como la portan los cangrejos ermitaños, que ni siquiera hacen la suya propia, sino que la toman prestada.

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Tal vez por ello, los acontecimientos externos me llegan como envueltos en una doble nube de extrañeza. Me escriben, por ejemplo, para invitarme a formar parte de una antología de poetas locales. Nunca he entendido la utilidad de este tipo de libros, o qué aporta a un mejor entendimiento del panorama poético agrupar a los poetas por provincia o región: "veinte poetas asturianos", "dieciocho poetas leoneses", "ochocientos poetas andaluces"... Esta última cifra no es exagerada: cuanto más restringido el ámbito sobre el que se hace la selección, más laxo el criterio de admisión, y por tanto más numerosos los admitidos. De nada sirve argumentar, contra esa inflación poética, que el número de poetas verdaderos que admite una sociedad sana es, como máximo, uno o dos por generación. Pero no hay lugar para la discusión; te invitan y uno sólo tiene dos alternativas: o aceptas la invitación o la declinas más o menos amablemente. Hay razones poderosas que me inclinan a esto último: en la lista de poetas seleccionados, veo que faltan algunos de los pocos con los que verdaderamente siento alguna afinidad. Pero también pienso que no es de buena educación responder a una invitación preguntando los motivos por los que otros no han sido invitados: tal vez el anfitrión no los conoce, o no hay sitio para tantos... Pero, en tal caso, ¿puede erigirse en antólogo quien desconoce por lo menos la mitad del panorama, o quien no afina lo bastante para que su muestra, si no exhaustiva, sí parezca por lo menos representativa de algo, aunque sea de un simple criterio personal que pueda enunciarse en pocas palabras? Todas estas preguntas resuenan dentro de la campana en la que tengo metida la cabeza. Tal vez cuando la saque de ella vea las cosas de otra manera.

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Crónica política de Wenceslao Fernández Flórez al saber el resultado de las elecciones del 14 de abril de 1931: se congratula de que el pueblo haya tomado la iniciativa, a falta de verdaderos líderes, y pide a los cargos electos que dejen de vociferar a la contra, que es lo que habían hecho hasta entonces, y sean capaces de plantear propuestas en bien del país. Le leo a M.A. el artículo, cambiando los términos "republicanos" y "monárquicos" por "izquierdas" y derechas". "¿Quién ha escrito eso?", me pregunta, tomando lo escrito hace ochenta y cinco años por una crónica de actualidad. Cuando le aclaro la autoría, mueve la cabeza. Seguimos igual que entonces. (5/1/2016)