viernes, enero 27, 2017

ESPACIO



El solar del antiguo cementerio visto desde las ventanas de la fachada este del instituto: donde se alzaban las hileras de nichos crece ahora un tupido herbazal, que las últimas lluvias han reverdecido. De las antiguas trazas del cementerio se conserva sólo el pavimento de sus calles y los monolitos que señalan algunas intersecciones o lugares prominentes del recorrido. También, restos de lápidas, que ahora no sabríamos decir si todavía cumplen la función de señalar dónde yace un cuerpo o simplemente ocupan el lugar que les ha asignado el azar en el proceso de desmantelamiento general del camposanto. El mar, al fondo, suma su amplitud a la del solar vacío, excepcional en medio de la apretada ciudad. Y en el vuelo sin obstáculos de la vista hasta el horizonte, se hace sentir el recuerdo de otros cementerios ahora igualados a éste en el abandono y en el matiz clemente que les presta la luz: pienso en el de Larache, por ejemplo, donde, entre los muertos de la antigua guarnición española, yace Jean Génet. 

Se me van los ojos hacia ese ilimitado espacio de silencio y luz, y casi dejo de percibir el runrún atareado de mi alumnos. "Qué paisaje tan alegre, ¿verdad?", me dice una chica sentada en primera fila y que ha debido captar mi ensimismamiento. Sonrío para agradecerle lo que entiendo como una mano tendida para regresar al contexto inmediato. Pero pienso que, en el fondo, su comentario no supone una ironía: hay una cierta alegría serena en ese espacio que ha albergado a los muertos y por el que ahora respira la ciudad. Y sólo cuando lo llenen de construcciones, el recuerdo que quede del lugar -como el del antiguo Cementerio de los Ingleses, del que sólo queda una desolada plaza entre viviendas ínfimas- se hará lóbrego y triste. (27/1/2016)