martes, enero 03, 2017

NOCHEVIEJA


Algunas anotaciones sobre el paso de un año a otro. Esta vez, en el restaurante de unos amigos, Casi todos los congregados, menos nosotros y otras dos parejas, son familiares de los dueños. A casi todos los conocemos desde hace tiempo, así que no hay sensación de intrusión. Es nuestra primera nochevieja solos desde el nacimiento de C. Ahora ella está en Londres y hemos querido paliar la evidencia de su falta con esta nochevieja entre amigos. 

Ha sido una cena hasta cierto punto circunspecta y morigerada. No ha habido embriagueces evidentes, ni vociferaciones a cuenta de discrepancias políticas o desavenencias familiares. Y no creo que sea por la presencia de tres parejas extrañas en medio de lo que parece una familia excelentemente avenida: más bien, se nota en todos ellos una cierta reserva, como si el parentesco no fuera razón suficiente para prescindir de ese fondo callado y discreto que suele tener la gente de estos pueblos. No quiero decir que no haya risas y bromas: no faltan en todo el tiempo. Pero nadie tiene una salida de tono; ni siquiera se oyen chistes verdes, porque, aunque hubo quien contó algunos chascarrillos, éstos fueron de un delicioso humor blanco. Ni en la casa de unos marqueses hubiéramos gozado de tan excelentes modales. Y cuando, después de las uvas -yo, por cierto, me atraganté en la séptima y ya no pude seguir-, llegó la hora de cantar a corro, con ayuda de un karaoke, la mayor parte de los hombres salió discretamente a fumar a la intemperie, en medio de la niebla, como personajes de una película de espías, dejando a las mujeres a sus anchas, en esa especie de alegría despendolada e inocente a la que suelen entregarse cuando no hay hombres por medio. Miento: algunos nos habíamos quedado allí, en segundo plano, pegados al mostrador, como escondidos. Y fue una delicia verlas cantar, y cómo las niñas imitaban las mañas de las madres, y los niños, todavía indecisos respecto a su ubicación en ese mundo bipolar, dudaban entre sumarse al jolgorio o emular el circunspecto silencio de los hombres.

Pasada la una, llamamos a C.; el cambio de año la había pillado en el metro, de camino al piso de unos amigos, después de haber salido del trabajo a las once y haber pasado por su casa para arreglarse. Imaginarla en esas lejanías nos ha dejado un poco melancólicos, y eso explica quizá que la mezcla de distintos tipos de cava, resultado de apurar las botellas de diferentes marcas que se abrieron para brindar tras las campanadas, se traduzca, al día siguiente, en una larga resaca melancólica, que no se disipa casi hasta el anochecer, cuando decidimos rematar el día viendo otra vez Doctor Zhivago, de la que se acaban de cumplir cincuenta años. Y así hemos empezado el año. (3/1/2016)

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