jueves, enero 26, 2017

RELATOS



En el aeropuerto, esperando a C. Presentimiento de que quien va a aparecer de un momento a otro tras la barandilla de la sala de espera no va a ser exactamente la persona que vimos partir hace unos meses. Físicamente, desde luego, ha cambiado: más delgada, incluso se diría que más alta; y teñida de rubio, con el pelo a mordiscos, reminiscente del peinado que la propia M.A. gastaba a mediados de los ochenta, cuando todos -hasta yo mismo, ay, con mis patillas y mi pelo a cepillo- éramos un poco punkies. Un tanto endurecida, parece; aunque, curiosamente, el rostro se le ha aniñado, quizá porque ha empezado a perder la hosquedad propia de la adolescencia. En el coche, devora un bocadillo de queso y en casa hace lo propio con una gruesa tortilla de patatas. El excelente apetito nos reconforta. Trae también ganas de hablar, y todo aquello que queríamos preguntarle, e incluso las advertencias que queríamos hacerle y las obligaciones que creíamos necesario recordarle, salen a relucir en su discurso sin que haga falta repasarle la agenda. Mañana, anuncia, se levantará temprano para solventar el trámite de la documentación caducada. Hay amigos que ver y visitas familiares inexcusables. Hay, también, un deseado momento de soledad entre sus cosas, en su habitación, que instantáneamente regresa -una maleta en el suelo, un radiador en medio, ropa amontonada sobre la cama- al desorden que le es propio. Pienso en mis propias escapadas juveniles, mucho más tardías y modestas, y en la necesidad de acumular experiencia para construir el relato de la propia personalidad. Nada parece anunciar que vaya a molestarse en escribirlo: incluso se refiere con ironía a las memorias que anda redactando su compañero de viaje, que se ha quedado en Londres. Pero está claro que esta casa es inconcebible sin la presencia actuante de un registro escrito de cuanto hacemos. Y al día siguiente me sorprende constatar que ha encontrado la libreta en la que anoto las películas que veo y está procediendo a localizarlas en su ordenador. Curiosamente, entre toda la ganga anotada, se ha fijado en las más significativas; entre ellas, Ma nuit chez Maud, cuya presencia en su propia selección atribuyo a su sexto sentido para desenmascarar las debilidades de su padre. (26/1/2016)


Imagen: Isabel, Umberto y Marco, 2008, de Dis Berlín.