miércoles, febrero 15, 2017

ARGUMENTOS

Planes inmediatos: viaje de M.A. a Londres, proyectada escapada a Loulé. El sábado, en una cena con amigos, no pude evitar pegar el oído a lo que se hablaba en el otro extremo de la mesa, donde se sentaba la facción, digamos, cosmopolita del grupo: larguísimos viajes al otro extremo del mundo. Sigue uno pensando que la medida natural de un viaje es la distancia que se puede recorrer entre el desayuno y la hora del almuerzo: cuatro o cinco horas en coche, o su equivalente en avión, incluido el trayecto hasta el aeropuerto y el intervalo de espera hasta el embarque; o un viaje en tren de esa misma duración. Londres y los pueblos del Algarve cumplen ese requisito; también el norte de Marruecos; y Madrid: he ahí los vértices de mi geografía sentimental. Y aún me queda mucho que ahondar en ella.

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Mi territorio literario, sin embargo, es mucho más pequeño. Lo delimitan los poemas que sirven de núcleo a Cuaderno de Zahara y Diario de Benaocaz, a los que cabría sumar algunos de otros libros. Me sugería R. el otro día la conveniencia de compilar esos poemas; a los que habría que añadir, me decía, algunos nuevos, que reforzaran la unidad del conjunto y supusieran una definitiva "apropiación" -ésa fue la palabra que usó- del territorio. No sé si quiero hacer ese gesto. Acaso en la esfera literaria suceda, de una manera sutil, lo que en la geográfica y política: quienes llegan primero a un lugar plantan su bandera y los demás no pueden hacer otra cosa que disputarles la adquisición con las mismas técnicas que utilizan los estados en liza: haciendo valer presuntos derechos anteriores, o proclamando otros nuevos, y lanzando feroces ofensivas de conquista. No sé si el esfuerzo merece la pena.

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Se me ocurre que, en la dispersión de estas notas, no acaba de articularse ninguna historia; y que, por tanto, nacen privadas de la razón misma de ser de cualquier esfuerzo literario continuado, que no es otra que dar fe de un progreso. Por definición, van quedando fuera casi todos los aspirantes a personajes. Y no por falta de historias. Podría haber dado mucho juego, por ejemplo, un posible reencuentro con M., de quien no sabía nada desde hace veinticinco años, y que hace unas semanas me hizo llegar unas líneas para invitarme a una cena de amigos de entonces. "Si hubiera existido entonces este invento" -el correo electrónico-, "no habríamos perdido el contacto", me dice. Sonaba a excusa no pedida; sin contar con el hecho de que el uso del correo electrónico empezó a generalizarse hace lo menos veinte años: a mediados de los 90 ya lo usaba yo, desde una rudimentaria conexión telefónica exasperantemente lenta, para enviar mis artículos al periódico. Pero no he querido entrar en polémicas con esta vieja amiga surgida de entre la niebla. Tampoco asistí a esa cena. Y así me privo, en fin, de una posible línea argumental. Sabe Dios cuántas otras habré desperdiciado por gestos parecidos. (15/2/16)