martes, febrero 21, 2017

DESPUÉS

Acabo de verlos sobre el escenario. Y ahora, en la terraza del bar en la que toman un bocado antes de hacerse a la carretera después de la actuación, parecen como empequeñecidos. El hombretón de una pieza que tan expresivamente coqueteaba con la actriz principal es ahora un hombre más bien bajo que sonríe desvaídamente a sus contertulios; el descarado cómico travestido es ahora un muchacho tímido con gafas que tiene ganas de irse a dormir. Y la protagonista, una mujer de belleza racial y formas poderosas, que se había mostrado todo el tiempo segura del magnetismo que ejercía sobre el público encandilado -y no sólo el masculino-, es ahora una muchachilla menuda en la que con dificultad se hubiera fijado uno de no haber reconocido en ella a la actriz que habíamos admirado apenas unos minutos antes. Debió de ser efecto de las luces, de los trajes, del maquillaje, del propio juego de trampantojo entre la desnudez apenas entrevista -en un momento del espectáculo la chica se desviste discretamente ante un espejo, en un rincón del escenario- y su potente corporeidad vestida, lucida sin recato como sólo saben hacerlo quienes disfrutan siendo el centro de todas las miradas. Ahora, ya digo, son menos que nada: rostros anónimos en una multitud anónima. Como nosotros.


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Después del deseo colmado la pregunta es siempre. ¿hubiera merecido la pena aplazar su cumplimiento un poco más? (21/2/16)