martes, febrero 07, 2017

ENCÍAS


M.A. ya ha comprado los billetes para Londres. Es casi la primera vez que viaja sola, descartando algún que otro desplazamiento por motivos laborales. No parece asustarle. La sensación es, más bien, que esta familia opera ahora sobre un radio de acción más amplio, y que esa amplitud se traduce en libertad y extrañeza. Le preocupa, especialmente, el desplazamiento desde el lejano aeropuerto de Stansted al barrio del sur de Londres en el que quiere buscar hotel, lo más cerca posible del apartamento de C. Ya imagina su rutina durante esos días: las mañanas con C., paseo vespertino por Londres y luego al hotel, no más tarde de la hora en que allí cierran los comercios. Londres, ya lo sabemos, cambia a partir de ese momento, y aún más cuando, a eso de las once, cierran los pubs y el metro se llena de empleados cargados de cerveza, algunos cómicamente desceñidos en sus pulcros trajes de oficinistas, ahora con los cuellos desabrochados y las corbatas flojas. Es también la hora en que la ciudad resulta más cercana. En la periferia, lo sabemos por experiencia, las horas de cierre se relajan un tanto y es posible encontrar algún pub donde sirvan bebida y comida al filo de la medianoche.

A esa hora yo ya estaré viendo la televisión.


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Leyendo las galeradas de una nueva biografía de Cervantes que está a punto de publicarse y que me han encargado reseñar, no puedo dejar de emocionarme, como me ocurre siempre, cuando llego a la oportuna cita del célebre autorretrato que el autor de las Novelas ejemplares puso en el prólogo a las mismas, y en el que habla con humor de su vejez y decadencia física, con melancólico orgullo de los libros publicados, y con disculpable vanagloria de sus heridas de guerra, único patrimonio de un hombre al que parecía escurrírsele entre los dedos cualquier otra gloria lograda en su azarosa vida. Hay que valer mucho, sin embargo, para poder ganarse el derecho a firmar un autorretrato así. Cualquier otro, en comparación -incluso el celebérrimo de Antonio Machado- resulta, por qué no decirlo, un tanto afectado. 


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Farmacia cerrada por las fiestas patronales. Imposible comprar hilo dental y un colutorio. "En caso de urgencia", me dice un paisano, "siempre se puede llamar al timbre de la farmacéutica". Pero no estoy muy seguro de que mi dolor de encías sea una urgencia, así que opto por soportarlo estoicamente todo el fin de semana. Menos mal que la cerveza alivia y los bares no están cerrados. (7/2/16)

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