jueves, marzo 23, 2017

EL JARDÍN DE LOS TRISTES


Anoche, antes de cenar a la hora temprana que aquí se acostumbra, dimos un paseo por el núcleo antiguo de la ciudad: los alrededores de la Igreja Matriz, con su campanario exento que algunas guías dicen que es una modificación del alminar de la antigua mezquita, el melancólico jardín-mirador que llaman "dos Amuados" -"de los tristes", como el famoso paseo de Granada- y los restos -apenas un arco historiado que da paso a un callejón sin luz- del Convento da Graça. De noche, como de día, estas calles sin comercios están completamente desiertas y se deambula por ellas con la sensación de que se está cometiendo, si no una profanación, si una intrusión desconsiderada. En una taberna que nos parece, en comparación con otras, muy animada, por contener a un par de parroquianos que mantienen una sosegada conversación con la patrona, nos sentamos a tomar el aperitivo. En la televisión, imágenes de un sangriento atentado terrorista que ha tenido lugar en Bruselas. La tertulia del mostrador versa sobre ello: consideraciones entre conmiserativas y distanciadas, como las de quien casi puede dar por seguro que en esta apacible población de la que el resto de Europa sólo se acuerda en verano no podría ocurrir nunca una cosa así.

Hoy, por la mañana, hemos vuelto a recorrer estas calles, después de haber hecho la correspondiente visita al Castelo y al modesto museo que alberga y entrado en una galería de arte en la que un artista moderno expone una serie de atormentadas fotografías de cuerpos desnudos. Nos apetecía andar, así que, antes del almuerzo, hemos paseado hasta un parque periurbano al que se accede por una glorieta presidida por un grandilocuente monumento a un ministro que, por las fechas que acotan su vida, debió serlo de los gobiernos del dictador Salazar, y a quien la ciudad atribuye numerosas iniciativas modernizadoras. Lo flamante de los edificios públicos que nos rodean, sin embargo, testimonian más bien que son resultado de la inversión europea, después de que el país se desembarazara de la dictadura y se uniera al Mercado Común. En este aspecto, la trayectoria portuguesa no es muy distinta de la española: la primera modernización, llevada a cabo bajo la égida de un régimen autoritario, reveló ser sólo un imperfecto bosquejo de la que habría de venir, de la mano de la Europa comunitaria; que, a su vez, marcaría la pauta de un modo de administración dado al despilfarro y excesivamente dependiente de los subsidios externos. Cuando el modelo se reveló insostenible, vino la crisis. Loulé no parece haberla sufrido en la misma medida que la cercana Silves, por ejemplo, con sus naves abandonadas y sus edificios en ruinas. Pero muestra también señales de un mismo apagamiento, entre resignado y familiar, que a los españoles nos parece muy cercano. 

Al atardecer, y todavía movidos por el mismo ánimo andarín, hemos subido a la ermita de Nossa Senhora da Piedade, desde la que se ve una hermosa vista de la ciudad. Nos hemos cruzado con cuatro mocetones que, en el tiempo que nosotros empleamos en hacer la subida, suben y bajan hasta tres veces, a paso atlético, en lo que parece el cumplimiento de un voto. En la última bajada, curiosamente, sólo vienen tres, lo que nos hace preguntarnos por el destino del que falta. "Lo habrán tirado por el barranco", apunta M. A. con impiedad característica. Yo prefiero pensar que vive en la casa de los cuidadores de la ermita; y que, después de acompañar a sus amigos en el ejercicio vespertino, se ha quedado en casa. (23/3/16)

No hay comentarios: