miércoles, marzo 22, 2017

FARO










No recordaba que Faro fuera, ni de lejos, la ciudad enormemente pulcra y silenciosa que es hoy. Cuando la visitamos por primera vez, a principios de los 90, representaba un paso más allá de la decadencia que prestaba su peculiar encanto a Lisboa. Reviví esa impresión, recuerdo, cuando visité por primera vez Larache, en Marruecos: el mismo tono apastelado de las paredes descoloridas, los mismos desconchados, la misma mezcla abigarrada de actividad frenética y resignada dejadez. Han cambiado las cosas desde entonces. Faro es hoy una ciudad ordenada y pulquérrima. Las construcciones que bordean la fachada marítima han sido renovadas o restauradas. Y la Vila-Adentro -el recinto de la ciudad vieja-, libre de tráfico rodado, es una isla de silencio casi absoluto en una ciudad que, pese a su ajetreo, funciona también habitualmente como en sordina. El único detalle de suciedad es el que aportan los numerosos graffiti, que son una plaga en todas las ciudades portuguesas, como lo son en España. 

Hemos entrado por la muy concurrida carretera del aeropuerto, que nos ha conducido, más por casualidad que por cualquier previsión nuestra, al paseo marítimo y a la céntrica Praça Alexandre Herculano, donde milagrosamente encontramos una plaza de aparcamiento en zona azul. Por instinto, nuestros pasos nos encaminan a la fachada marítima. Y apenas nos hace falta consultar el mapa que nos dan en la oficina de turismo que nos ha salido al paso: estamos a las puertas de Vila-Adentro -el casco antiguo- y llegamos a la Sé diez minutos antes de la hora oficial de apertura, que es las 10 de la mañana. Damos una vuelta a la manzana, para hacer tiempo. De nuevo, es el silencio lo que llama la atención, extrañamente acorde, en la mañana despejada. con la luz tersa en el aire limpio tras las abundantes lluvias de ayer. Lamenta uno ahora su condición de visitante de paso: lo apropiado sería carecer de toda urgencia, de toda avidez por verlo todo, y venir aquí simplemente a perder el tiempo, a dejar pasar la mañana en un banco de este Largo da Sé, por ejemplo, con un periódico o un libro bajo el brazo, y algo de eso hay en este breve paseo que damos solamente para hacer tiempo mientras abren la catedral. En un embarcadero vemos la salida de uno de los barquitos que llevan a Ilha Deserta. Tomo nota, por si alguna vez me decido a llevar la vida de un náufrago. A la entrada de la catedral, el encargado de la venta de entradas discute con unas turistas francesas: al parecer, la fotocopia informativa que les han dado está anticuada y el precio de la entrada se anuncia cincuenta céntimos más barato del que efectivamente cobran ahora. Para evitar que se repita el incidente, es el propio empleado quien nos advierte de la discrepancia; el resto de la información, nos dice, es correcta. Nosotros, de todos modos, apenas utilizamos la somera guía de visita: lo que nos lleva a entrar en estos sitios es la simple posibilidad de recorrerlos, sin prestar demasiada atención a los presuntos tesoros artísticos -casullas, cálices, figuras de culto y demás- que dicen contener, y que son enormemente parecidos en todos estos sitios. Lo verdaderamente interesante es la vista desde la torre, la fresca sencillez del espacio arquitectónico, la relativa soledad. No todo el mundo se conforma con tan poco: los franceses que nos precedían han dejado en el cuaderno de visitas una airada protesta ante el hecho de que las cartelas explicativas estén en portugués e inglés y no en francés.

Terminamos la visita a Faro con un breve paseo por la zona comercial, en el que constatamos que Simões, el "último alfarrabista" -librero de viejo- de Faro, efectivamente ha cerrado sus puertas, como anunciaba una noticia del diario O Público que habíamos encontrado en internet. (22/3/16)

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