miércoles, marzo 01, 2017

HARINA DE SAN PEDRO


El anunciado temporal de nieve quedó en nada: unos copos aguados que no llegaron a cuajar siquiera sobre los tejados, aunque hubo quien aseguró, más tarde, que en tales o cuales parajes de la montaña era posible hundirse en nieve hasta media pierna. Lo decían con una jarra de cerveza en la mano en medio de la plaza abarrotada de visitantes decepcionados. Era el día de la región: acababa de sonar el himno y los más animosos hacían cola para la colación gratuita que ofrecía el ayuntamiento. También nosotros, después del patriótico plato de callos con garbanzos, buscamos acomodo en algún bar, sin éxito: todos llenos. Así que, finalmente, acabamos juntando nuestras provisiones con las de los amigos que nos acompañaban y almorzamos en casa de éstos; donde degustamos, a modo de homenaje cinéfilo, un excelente merlot californiano de las bodegas de Francis Ford Coppola, traído expresamente de Las Vegas. Un poco de cosmopolitismo, en fin, contra la exaltación localista aparejada a la fecha.

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El mal tiempo ha deshecho la conexión a internet y no hay modo de adelantar trabajo durante el puente festivo. Con dificultad armo mi artículo de cine -un recuerdo de la malograda Miroslava Sternova, conocida por su participación en Ensayo de un crimen de Buñuel-; y luego, para resarcirnos del frustrado intento del mediodía, salimos a tomar una cena ligera: un poco de jamón y un revuelto de chantarelas. Sentados junto a la chimenea del restaurante, pienso en esas manchas de nieve que hay quien dice haber visto en torno al Dornajo: también desde aquí hemos escudriñado con ansiedad los picos lejanos, sin ver ni una mota blanca. Ha nevado sólo en nuestra imaginación. Y es suficiente.

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Me preguntan por la posible reanudación de este diario. Y me callo que lo mantengo vivo, aunque no público; y menos, que me duele la evidencia de que esta tramo secreto de su andadura no ha de redundar, a lo que parece, en ninguna novedad apreciable. Más bien lo contrario: ahora que no vengo aquí a contarla, mi vida parece haber sufrido una espectacular poda de novedades superfluas. Trabajo en el instituto por las mañanas y en mi libro de cine por las tardes. Casi no hay más.

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El "alicante", explica J.L. en respuesta a una pregunta de M.A. en relación con la creencia local en esta criatura fantástica, es un víboro (sic) que, cuando se hace viejo y "se queda sin hembra", se cubre de pelo, anda erguido y asusta a los niños. "¿Y tú has visto alguno?", le preguntamos, no del todo seguros de que la respuesta vaya a ser negativa, pues ya conocemos las dotes imaginativas de nuestro interlocutor: "Sí, hombre" -responde con sorna-, "que si yo lo hubiera sentido, me iba a quedar a mirarlo...". Poco antes, este mismo amigo pastor había definido la escasa nieve caída como "harina de San Pedro". A poco que se le deje, el imaginativo se pone a hacer metáforas. (29/2/16)