martes, marzo 21, 2017

LOULÉ







Desde la ventana del cuarto de hotel, una placita someramente arbolada con unas cuantas jacarandas todavía sin florecer. Una lluvia silenciosa y monótona rebota en los bancos y en los techos de los coches. Ni un alma a la vista, a pesar de que son apenas las doce del mediodía. Acabamos de llegar. El trayecto, sin novedad, salvo el engorro que ha supuesto detenerse, nada más pasar la frontera, en el dispositivo que han instalado para que los coches extranjeros paguen peaje en las autopistas locales. El dispensador automático no admitía nuestra tarjeta de débito. Y aunque disponemos de ViaT -un aparatito que permite el pago automático de los peajes de las autopistas españolas-, en la gasolinera donde paramos a preguntar no nos aseguran que ese sistema sea válido aquí. Así que llegamos a Loulé -que es, como quien dice, una ciudad vecina, a apenas 50 kilómetros de la frontera- con la sensación de haber contravenido alguna importante ley internacional. Por suerte, la amable acogida en el hotel deshace pronto nuestro mal humor de viajeros contrariados. El resto lo hace el impresionante silencio de la ciudad en pleno mediodía: hasta los pocos coches que pasan lo hacen como en sordina, que es también el tono medio en el que operan los televisores inevitablemente encendidos en todos los bares. Nos hemos puesto a resguardo de la lluvia bajo la sombrilla de uno situado junto al mercado central. Luego, mojándonos, hemos corrido hasta guarecernos bajo los toldos de los comercios de la Rua 5 de Outubro, que nos permiten caminar a pie enjuto hasta un segundo bar, del que finalmente corremos hasta el restaurante situado a la puerta misma del hotel, donde nos sirven unas exquisitas sardinas en escabeche, unas riquísimas ervilhas -guisantes- y un no menos confortador atún guisado, que rematamos con sendos postres caseros, elegidos a dedo de una bandeja que nos muestra el camarero: el mío, una empalagosa crema de leche condensada, resulta tener el apropiado nombre de baba de camelo.


Así, rezumando babas dulzonas, duermo la siesta. Ya sin lluvia, y sabiéndonos incapaces de afrontar una cena tan abundante como el almuerzo, salimos a comprar un poco de fruta y, en una ferretería honda y sucia como la cueva de un ladrón de cuento, un cuchillo para mondarla. Alcanzamos lo que nos parece el límite del pueblo propiamente dicho, que no es muy grande, pero al que las dos grandes avenidas que le sirven de ejes, flanqueadas de edificios altos, dan empaque de ciudad moderna, orgullosa de serlo y dotada de todo lo que una ciudad necesita: teatro -sin función estos días-, biblioteca, fundaciones culturales, ateneo y... zapaterías: incontables, más de las que en buena ley se puede esperar que subsistan en una población de este tamaño. La única explicación es que la previsible avalancha de turistas que se congrega en las playas circundantes en verano encuentre irresistible la oferta y tenga el capricho de abastecerse aquí de calzado para todo el año... Tampoco anda el pueblo mal surtido de bares y restaurantes: sólo que, con la lluvia, las calles están desiertas y los locales vacíos. 

Con nuestra fruta y el consiguiente cuchillo de mondar, volvemos al hotel; donde leemos un poco -yo me he traído, para entrar en ambiente, una reciente edición de los escritos del Barón de Teive, el más pesimista y sombrío de los heterónimos pessoanos- y vemos la tele en portugués. En uno de los canales, una cubana adjunta a la embajada habla de las excelencias del régimen de su país, en un portugués sin entonación ni timbre que no es otra cosa que puro castellano apenas adornado de algunas terminaciones y construcciones lusas. Finalmente, caemos rendidos. (21/3/2016)

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