viernes, marzo 17, 2017

M.


Me anuncian la muerte de M. Y mi primera reacción, más allá del desconcierto, es un sentimiento de mala conciencia: lo llamé alguna que otra vez al principio de su enfermedad, pero no pude vencer esa muralla de reserva que algunas personas ponen a su propio sufrimiento; tras algún protocolario intercambio de parabienes, un engorroso silencio podía fin a esas breves conversaciones. Lejos quedaban las que habíamos mantenido sobre la época en que nos conocimos, cuando yo empezaba en la enseñanza y, a través de una compañera más veterana, supe de otro chico de mi edad que buscaba compañero de piso: M. era  nuestro casero. Su amistad con mi compañera y el hecho de que, pese a la diferencia de edad -que entonces parecía más acusada, cuando en realidad apenas nos llevábamos diez años-, éramos colegas en la profesión no eran óbice para que, tanto a mí como a mi compañero de piso, su figura nos resultara un tanto intimidatoria. A pesar de ello, mi compañero conseguía arrancarle largas prórrogas en el alquiler, que le permitían emplear la parte de la renta que yo puntualmente le entregaba como anticipo con el que aliviar su permanente bancarrota. 

Fue una época pintoresca y caótica y las anécdotas que deparó han alimentado casi todos los cuentos que he escrito sobre personajes en ese estado y condición. En ese sentido, fue también fructífera. No duró mucho: apenas un curso. De ella quedó el hábito de saludar a M. cada vez que lo veía, en el cine, el teatro o algún que otro concierto. Y así hasta que, hace siete años, ocupé plaza en el mismo centro en el que él tenía la suya. Se alegró del encuentro y se convirtió en uno de mis confidentes en el nuevo destino. Me sorprendió su ecuanimidad a la hora de afrontar las desavenencias laborales y su sensibilidad hacia los problemas de los alumnos; también su fe religiosa, para mí absolutamente inesperada; y menos, por supuesto, el cariño y la devoción con la que hablaba de sus hijas, al parecer brillantes estudiantes. También me hacían gracia sus pequeñas manías: para refrescar la garganta entre clase y clase, guardaba una garrafa de agua de cinco litros con la que rellenaba una pequeña frasca de cristal que tenía el tamaño justo para encajar en la taquilla personal donde guardaba sus libros; y como sudaba mucho en el trayecto de su casa al instituto, que normalmente hacía a pie, había desarrollado la estrategia de dejar que llevar una camiseta interior que empapase el sudor y quitársela en cuanto llegaba al centro.

Tuvo mala suerte: nada más jubilarse, le tocó bregar con la enfermedad que se lo llevó en apenas dos años. Descanse en paz. (17/3/2016)


Imagen: Ceesepe: acrílico sobre papel.