domingo, marzo 12, 2017

NARCISOS




Por bromear con el dueño del restaurante, que es amigo, M. finge haber confundido el peso de la pata de cordero con el precio. "¿Cómo? ¿650 euros?". Eran gramos, evidentemente. Pero, para seguirle la corriente al bromista, el otro aclara: "Sí, es que es del cordero del que sacaron el vellocino de oro". Lo que anoto aquí para que conste que, incluso en estos impíos tiempos y en estos lugares tan alejados del ponto, se guarda memoria de las hazañas y desventuras de la valerosa tripulación del Argo.

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Presenté All That Jazz en el cineclub que mantienen estos animosos amigos de Ubrique. Y les confesé, entre otras cosas, el malestar que esta morbosa fantasía en torno a la muerte causó al adolescente que yo era cuando la vi en el año de su estreno en España, en otoño de 1980. "Eso es que te impresionó la cantidad de chicas guapas que salen en la película", me dice un bromista. No exactamente, aunque quizá sí pesara sobre el adolescente por estrenar que yo era aún la evidencia de que esas chicas eran más bien inalcanzables. Pero lo que verdaderamente me afectó -y no lo dije, para no parecer más pedante de lo que requiere un ritual cinéfilo- fue la sensación que el protagonista transmite de descontrol sobre la propia vida, en lo que hay que buscar quizá el motivo de su obsesión por la muerte, a la que imagina como una bella mujer envuelta en velos blancos. Esa sensación no le es desconocida a un adolescente; y lo chocante posiblemente era encontrarla expresada en una obra artística de madurez, como lo es esta película de Bob Fosse. Por aquel entonces, la manifestación más elocuente de mis angustias existenciales era el vómito: primero una especie de temblor en el pecho, que rápidamente activaba las náuseas. All That Jazz, literalmente, me hizo vomitar muchas veces. Pasó. Pero todavía me represento esas imágenes -la coreografía final, en la que el protagonista escenifica su despedida de la vida durante una operación a corazón abierto- cada vez que entro en un hospital, por ejemplo. Cosas del cine.

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Me han invitado a la feria del libro de Caracas y he dicho que no. No por nada: una mezcla de aprensión y pereza, que se ha traducido en una pregunta sin respuesta posible: ¿Qué se me ha perdido a mí en Caracas? Si me la hiciera todas las mañanas, antes de acudir aquí o allá, no saldría de casa.


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M.A. en Londres. Me manda fotos de narcisos crecidos entre las lápidas de un cementerio en Tooting, justo detrás de su hotel. Viajar tan lejos para encontrarse con esa imagen que siempre le ha emocionado cuando le ha salido al paso, por ejemplo, en algún pueblecillo de la sierra gaditana. Parménides tenía razón: el movimiento no existe. Va uno tan lejos y apenas consigue ir un paso más allá de sus fantasías particulares. (16/3/2016)

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