domingo, abril 02, 2017

A. A.


En un banco del mirador, leyendo y de vez en cuando levantando la vista para ver, en la carretera serpenteante al fondo del valle, la larga hilera de coches que suben a disfrutar del día soleado. La Feria del Queso en el pueblo vecino hace de reclamo. Pero la multitud que ha llenado de pronto la plaza, a mis espaldas, no responde a ese estímulo festivo. Vienen, les oigo decir, de una misa de difuntos. Y como tengo la imprudencia de contravenir el verso de John Donne y preguntar por quién habían sonado las campanas en esta ocasión, me sorprende saber que el difunto era A. A., maestro en la escuela de adultos del pueblo y presencia habitual en los corrillos festivos que han hecho de esta plaza su lugar de reunión. Orondo, sonriente, socarrón y buen vividor, su perfil bajo su inseparable sombrero de ala ancha era inconfundible. Hace apenas un año anunció tranquilamente, en uno de estos jolgorios improvisados, que iba a ingresar en el hospital para empezar su lucha contra un cáncer que le habían diagnosticado. A partir de ese momento, todo se volvió noticias vagas. Preguntaba uno: "¿Qué se sabe de A. A.?" y alguien decía invariablemente que estaba mejor, y dábamos por bueno el diagnóstico, sin considerar que en estos casos suele ser el aludido quien trata de confortar a los demás difundiendo pronósticos optimistas que nadie cree, pero que todo el mundo da por buenos. Alcanzamos a verlo a principios de otoño: ahora extremadamente delgado, pero todavía sonriente y optimista.
"¿Cómo estás?". "Mejor". 

El desenlace, me dicen, tuvo lugar hace unos días. Me he sumado al grupo de hombres congregado en la esquina del mostrador, mientras las mujeres hacen lo propio en la última mesa libre de la terraza. Como he sido el único de los presentes que no ha estado en el funeral, hago alguna pregunta al respecto. Pero los concurrentes prefieren hablar de otras cosas: del día espléndido, de la Feria del Queso, de las carreras a campo traviesa que tendrán lugar al día siguiente y cruzarán el pueblo a media mañana. A. A. era de los que tampoco se aburrían nunca. Por idear, hasta convocó una vez al vecindario a degustar una cerveza casera que él mismo había elaborado. Era más joven que yo. (2/4/2016)

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