martes, abril 18, 2017

CALAIS



C. ha vuelto a cruzar el Canal. Lo hizo ayer, de madrugada, en lo que imagino un deprimente recorrido por ese desagüe de Europa en el que se ha convertido Calais. Me llama la atención que esas tristes realidades del mundo contemporáneo me atañan ahora tan de cerca, más allá de esa curiosidad un tanto deportiva con la que hasta ahora afrontaba la lectura del periódico. No es que la casa se haya hecho más grande: la impresión es, más bien, que las paredes han volado y ya no hay casa propiamente dicha, sino una intemperie por la que vagamos a ciegas, fiados del simulacro de proximidad que presta de vez en cuando un mensaje de whatsapp o una llamada telefónica. No es que antes anduviéramos menos perdidos: ese desamparo buscado ha sido siempre privilegio de la juventud. Pero esa huida se reducía a la llamada de un empleo en otra provincia, o a una escapada de fin de semana a Madrid. Que, paradójicamente, suponían una sensación de lejanía aún mayor, porque el cosmopolitismo de hoy no quiere decir otra cosa que el mundo se nos ha vuelto más pequeño, sí, aunque no por ello más abarcable.

***

Los postes del chiringuito enmarcan un trozo de mar encapotado. "Si llueve, me imagino que no hay donde guarecerse", le digo a la camarera, después de haber encargado un copioso almuerzo para dos. "No os preocupéis", responde. "Si llueve, os venís a comer con nosotros en la cocina".

***

En el sexo no puede haber sino engaño: nunca terminamos de reconocernos en ese fugaz intervalo en que el instinto es quien gobierna nuestra percepción de la realidad. Y es ese extraño quien recibe los abrazos de la persona que en ese momento nos acompaña. (18/4/2016)

No hay comentarios: