domingo, mayo 07, 2017

CON LAS GANAS


(Para una galería de actrices). Lucía Bosé en Ceremonia sangrienta (1973) de Jorge Grau. Actriz con algo de mascarón de proa: hierática, contenida en unas facciones que antes parecen talladas en piedra o madera que resultado del modo en el que el tiempo y la gesticulación de las pasiones van modelando el rostro. Aquí, sin embargo, aporta justo la fisonomía que requería el papel: el rostro vampírico de la infame condesa Báthory, reinterpretada, para el cine español de la época que presagiaba el destape, según los cánones del nuevo desenfado que habían aportado al género las producciones de la Hammer. Se suponía -así lo declaró el propio Grau- que la clave de los crímenes de esta asesina impenitente de doncellas había de ser el miedo de la mujer madura (e insatisfecha) a perder su juventud y su atractivo sexual. Y lo curioso es que la caracterización de Lucía Bosé para el papel aporta el punto justo de carnalidad al filo de una cierta decrepitud: turgencias del color de la cera, a las que la sangre derramada de las víctimas aporta una inesperada nota de color que resulta incluso alegre... Todo muy morboso, como se ve. Y llama la atención que esa cualidad mórbida de la carnalidad humana, aquí presentada como un rasgo antinatural, sea precisamente lo que un pintor tan naturalista como Lucian Freud -acabo de ver el espléndido documental de la BBC Lucian Freud. A Painted Life- viera en la piel humana: una materia descolorida, baqueteada y casi en trance de descomposición. Puede que el pintor tuviera razón -de hecho, hemos terminado aceptando esos desnudos suyos como representaciones fiables de un cierto canon de belleza contemporáneo-, y que la víctima de un evidente espejismo respecto a la representación corporal fuera el cineasta, para quien la juventud, el don que la condesa asesina envidiaba en las mozas aldeanas, tiene siempre una cierta prestancia de fotografía en papel couché: el canon representativo de la pornografía se su tiempo, al que la película, a pesar de su forzada pudibundez, secretamente aspira. Ninguno de los dos modelos, al cabo, ha resultado transgresor: hoy los desoladores cuadros de Freud se cotizan en millones; y la pornografía de papel satinado ha pasado a los anuncios de televisión. Son otros tiempos.

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