jueves, junio 01, 2017

ON GROWING A BEARD

Creo que mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: me parece que me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde que sufrí el accidente que me las causó, a los diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo predominantemente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura.

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