lunes, julio 03, 2017

SOBRE LA TOLERANCIA

Ya casi da pereza escribir sobre esto. Pero llama la atención el hecho de que, con todo lo que se ha dicho y escrito a propósito de la polémica desatada por el artículo de J.M. sobre Gloria Fuertes, nadie se haya fijado en uno de los aspectos más preocupantes de éste y otros casos: el creciente ensañamiento de ciertos sectores de la opinión pública con quienes expresan pareceres contrarios a los suyos. Ha ocurrido siempre, porque el respeto a la opinión ajena, por desgracia, no es un don que se haya prodigado nunca demasiado en nuestro país. Pero el fenómeno ha alcanzado en los últimos meses una virulencia que empieza a resultar preocupante. Pienso en otros casos, además del citado: en el linchamiento sin paliativos que la periodista Rosa Montero ha sufrido por haber escrito un artículo en el que se planteaba que quizá los partidarios de la medicina homeopática no son necesariamente unos irresponsables o unos memos, y que es posible que tengan sus buenos motivos para secundar esa práctica; o en las reacciones que suscitan determinadas noticias relacionadas con el mundo de las corridas de toros, y especialmente las que informan de la muerte de un torero, que invariablemente son acogidas con expresiones de júbilo por parte de los detractores de la fiesta... 

Ninguna de estas tres polémicas me concierne de un modo especial: no se refieren a aspectos centrales de mis gustos o mi modo de pensar, o lo hacen desde una perspectiva que no se corresponde con mi modo de considerar los hechos. No entro, por ello, en el fondo de las mismas. Lo que sí me preocupa, y mucho, es que haya un empeño tan claro por parte de muchos en silenciar o cohibir a quienes plantean opiniones distintas a las suyas. ¿A qué se debe este fenómeno? Que no es nuevo, por otra parte, en nuestra historia reciente: también fue notable el grado de ensañamiento con el adversario que alcanzaron ciertas polémicas culturales en los meses previos a la caída de Felipe González y el cambio de ciclo político que tuvo lugar entonces. Se preveía entonces un nuevo reparto de prebendas y había quienes no querían perder la ocasión de hacer valer sus méritos para conseguir una. Ahora la situación es similar; sólo que agudizado por un fenómeno que no se dio entonces: una clara quiebra de la cohesión social y, por tanto, de ciertos consensos culturales que en otros tiempos nadie cuestionaba. En los años 80, por ejemplo, no era raro que en una misma revista literaria se reivindicara la poesía de los falangistas Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas y, a la vez, publicaran en ella poetas de signo estético y actitud vital diametralmente opuestos, como Claudio Rodríguez o Carlos Edmundo de Ory, pongo por caso. Ese sano eclecticismo empieza a ser cosa del pasado. Se está creando el estado de opinión concomitante a un cambio político y social que se considera, si no inminente, sí cercano; y que, si bien no roza todavía la posibilidad de controlar los poderes centrales del estado, ya lo hace en infinidad de ámbitos menores de decisión, desde los ayuntamientos a las universidades. En todos esos ámbitos existe la posibilidad de hacerse un nombre mediante el procedimiento de alzar la voz para denunciar o desautorizar al discrepante; y todas esas voces impostadas encuentran fácil eco en las mal llamadas "redes sociales", en las que cada vez se practica menos lo que hasta ahora habíamos entendido por sociabilidad. 

No son, desde luego, las condiciones ideales para el debate desprejuiciado o el intercambio amistoso de ideas; y sí las que históricamente suelen anteceder los periodos en los que se restringe la libertad de expresión. No digo yo que todos los que se han sumado a estas polémicas para condenar sin más al opinante de turno participen de esos motivos; quizá sólo creían apoyar de buena fe la causa correcta. Pero el hecho mismo de que ciertas opiniones se consideren "correctas" sin más, por coincidir con las corrientes de opinión en boga, resulta ya muy preocupante. En esa coyuntura estamos.

Imagen: Tertulia (1929) de Ángeles Santos. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Reina Sofía.

2 comentarios:

elf dijo...

Los trolls como le llaman en inglés están por todas partes. No solo en España. Asusta y preocupa como dices, la hostilidad con la que se ensañan con los demás. Supongo que por eso es que ahora los comentarios en los blogs los controlamos. Yo tuve uno y se fue cansando de hostigarme cuando empecé a visitar su blog y a comentarle. Curiosamente, tenía un blog sobre jardinería, un tema que me atrae. Claro, no todos tienen blogs...Ni son tan fáciles de rastrear. Aquí comparto un enlace de lo que hizo Mary Beard: https://www.theguardian.com/commentisfree/2014/aug/29/tame-troll-mary-beard-online-abuse

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me gustan mucho los documentales de Mary Beard en la BBC y me sorprende que sus muchos méritos susciten en algunos el afán de acosarla, amparados en la impunidad que proporcionan estos medios. Buen artículo.