lunes, agosto 14, 2017

SOBRE UNA CESTA DE HIGOS



A Juan Chacón

Hay mucho que decir ante una cesta de higos
y ante el detalle de poner encima,
como quien los protege de una indebida sobreexposición
–a la calima o a la bulliciosa 
glotonería de las moscas–, 
unas hojas que guardan el perfume del árbol
y conservan el gesto de agonía de sus múltiples manos
al cabo de sus ramas retorcidas.

(La higuera y sus achaques de gigantón envejecido.)

En esas manos he creído ver
la actitud de quien abre las suyas para dar.

(¿Qué voz pone un gigante cuando reparte golosinas?) 

Tomad, éste es el fruto
que viene de la tierra y se destila
en los largos, recónditos conductos de la savia
hasta ocupar su sitio, como una estrella fija, 
en la copa extendida bajo el cielo de agosto;

tomad, este es el don de la amistad,
el que congrega a muchos bajo un toldo
pespunteado de destellos
e infunde en los reunidos un ánimo de fiesta;

Compartid este fruto con los pájaros,
con la tierra que absorbe la pulpa descompuesta,
con los resplandecientes 
insectos que componen su dimensión sonora.

Que vuestra vida se acompase al ciclo
de lo que se desborda hasta agotarse.

(Aquí el gigante tose, como para ordenar sus pensamientos.)

Que la muerte, esa sombra, sólo sea
la pérdida parcial de lo que pesa y cae.

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