martes, septiembre 05, 2017

DESUBICADO

La sensación de desubicación postvacacional ha tomado este año un cariz nuevo. Hasta ahora había sido siempre de carácter más bien auditivo: el canto de los pájaros a primera hora de la mañana, por ejemplo, me trasladaba mentalmente, en sueños, al entorno vacacional, y la ilusión no se disipaba hasta que me despertaba del todo.  Pero hoy he experimentado una modalidad diferente de ese no saber dónde se está: mientras dormitaba en el sofá con el ruido de fondo de un documental de YouTube sobre arqueología egipcia, la media luz en la habitación en penumbra y, sobre todo, una especie de conciencia errónea del espacio circundante me hacían pensar que todavía estaba en la sierra: la cocina a la que debía encaminar mis pasos en caso de que quisiera beber agua, por ejemplo, me parecía que estaba a mi espalda, como en la casa de allí, y no en la habitación contigua a mi izquierda. Y era placentera esa impresión de estar en dos sitios a la vez; o, más bien, al borde de una especie de disyuntiva, por la que dos series de impresiones resultaban igualmente válidas y convivían armoniosamente en la mente de quien las acogía. Sé que sólo durará unos días, y luego esa vertiente puramente imaginativa de la experiencia sentida quedará borrada bajo el peso de la implacable realidad. Sea. Pero conviene tomar nota, para no olvidar la mera posibilidad de compaginar ambas.

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Acabada también la lectura (relectura pausada, más bien) de Axel's Castle de Edmund Wilson: una magnífica fotografía de cómo un lector atento y perspicaz veía el panorama literario occidental en torno a 1930, cuando las glorias recién asentadas eran Yeats, Valéry, Proust, Joyce... Hay que decir que el crítico norteamericano no se equivoca nunca, por más que el hecho de que dedique un capítulo de su libro a la figura, hoy meramente anecdótica, de Gertrude Stein pueda inducir a preocupación... Pero no: la despacha como mera curiosidad, o como alguien que apuntaba alto pero no llegó en absoluto a los logros que cabe atribuir a sus ilustres coetáneos. Y no es que Wilson muestre una admiración bobalicona hacia todos ellos: de todos percibe el límite, el punto más allá del cual el empeño de cada uno de ellos no llega a ninguna parte; lo que no le impide, por supuesto, apreciar en su justa medida lo que sí lograron. En ese sentido, me atrevería a decir que es mejor crítico -a pie de obra, diríamos- que el propio Eliot, siempre brillante, sí, pero poco dispuesto a descender a pormenores que la opinión cambiante podría dejar en entredicho en cuestión de años. También, en cierto modo, se anticipa a la parte más interesante de la obra crítica de Harold Bloom, que es su apreciación del lugar central del Romanticismo en la tradición occidental: Wilson también apunta a la afinidad esencial entre los románticos y los "Simbolistas" -denominación genérica que en él alcanza a lo que hoy entendemos como "vanguardias"-, a la vez que aprecia, como Eliot, la sobrevenida vigencia que estaban alcanzando en su tiempo los postulados de la poesía de los "metafísicos" ingleses de los siglos XVI y XVII: complicación intelectual, rebuscamiento de las metáforas, intento de forzar a toda costa los límites de la expresión para dar cuenta de sensaciones y estados de ánimo radicalmente nuevos. Pero, a diferencia de Eliot, no diagnostica una "disociación de la sensibilidad" que hubiera condenado a las literaturas occidentales a una especie de vaivén entre dos actitudes irreconciliables, sino que parece entrever la posibilidad de una conciliación entre ellas: en Joyce, por ejemplo, cree apreciar una deseable fusión entre los logros del Naturalismo y su compromiso con la realidad y los procedimientos intelectualizados del Simbolismo. Wilson, en definitiva, era un optimista; y no, como Eliot o Bloom, alguien con la vista obsesivamente fijada en algún punto del pasado del que habría que venir la necesaria restauración de la grandeza e importancia que la literatura tuvo en otras épocas. En ese aspecto, es también un "simbolista"; es decir, un vanguardista; animoso, deportivo, entregado al gozo de la apreciación como otros se entregaban al gozo de ver volar los aeroplanos.   

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