lunes, diciembre 18, 2017

DODECÁLOGO DEL FRÍO


Imposible sentarse al sol de invierno sin sentir que incluso los elementos, dado el caso, se apiadan de nuestra fragilidad.

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Pero también hay días despejados que no hacen otra cosa que aumentar nuestra sensación de estar expuestos, sin ni siquiera la somera protección que brindarían unas nubes, a toda la desolación de los espacios interestelares.

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Por lo mismo, el mosto sólo madura en los meses de frío, para convertirse de inmediato, junto con unas sopas de ajo y unas chacinas, en otro consuelo más contra las condiciones que lo han hecho posible.

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Por lo dicho, la única poesía que no se engaña respecto a la naturaleza humana es la anacreóntica.

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Viejos que, entre copa y copa, presumen de conservar intacta su potencia sexual: y me acuerdo de cuando, al filo de los cuarenta, presumía todavía de no acusar los síntomas de la presbicia que se me declaró apenas unos meses después.

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Los pies fríos te avisan del engaño que supone tener cerca un foco de calor donde calentar sólo las manos.

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Ese momento de la noche en el que el cuerpo rehúye su propio calor y busca el fresco de la parte intocada del embozo o la almohada...

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Sólo los gatos no se engañan respecto a las verdaderas intenciones del frío. Bueno, y también los viejos.

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También el frío enseña economía, desde el momento en el que das por buena la manta vieja que pensabas tirar.

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En los primeros instantes de una chimenea encendida el fuego sólo piensa en calentarse a sí mismo.

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El calor es romo, el frío afilado.

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Mejor no decir en qué realidades nos hace pensar una rodilla fría. 

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