lunes, diciembre 25, 2017

UNA SORPRESA


Emitieron en el segundo canal de TVE, como era previsible en estas fechas, Qué bello es vivir. Pero lo sorprendente fue que se trataba de una versión restaurada que incorpora un par de escenas que no suelen incluirse en las copias más difundidas y que arrojan una inesperada luz sobre aspectos de la historia que sin ellas quedan un tanto ensombrecidos. 

La primera se ubica justo después de la fiesta en la que los Bailey celebran la llegada del hermano menor recién casado, y en la que George no puede ocultar su contrariedad al constatar que la boda del hermano y el hecho de que éste haya aceptado un empleo en la empresa de su suegro lo condena a él de por vida a ocuparse de la vieja empresa familiar de empréstitos. Mientras el contrariado protagonista fuma un cigarrillo en el jardín, al margen del jolgorio familiar y después de haber mandado a casa a tío Billy, que lleva encima una respetable cogorza, la madre, que ha adivinado el estado de ánimo de su hijo, sale a consolarlo y le sugiere que vaya a ver a su antigua novia, Mary, que ha vuelto a la ciudad tras terminar sus estudios. George no parece muy entusiasmado por la idea: de hecho, su reacción a la sugerencia de su madre es... tomar el camino contrario, que lo conduce al centro de la ciudad y a encontrarse con Violet, una chica que coqueteaba con él desde la infancia y que ahora se ha convertido en una atractiva mujer que quizá esté dando algunos malos pasos en la vida. De hecho, en esta ocasión la encontramos dado alas a dos juerguistas que se las prometen muy felices ante lo que les parece una conquista fácil, y a los que despacha -"pero no os vayáis muy lejos", les dice- en cuanto reconoce al viejo amigo que le sale al encuentro. George, que quizá ha bebido tanto como su viejo tío, le propone ir a nadar y a pasear "descalzos sobre la hierba"; pero la propuesta, hecha a voces destempladas en medio de un corro de divertidos curiosos, es rechazada por la chica entre las risas de los concurrentes. Chafado, George se resigna a encaminar sus pasos hacia la casa de la antigua novia, donde tiene lugar la renuente declaración que sella su destino.

La escena es importante porque confirma la sospecha de que entre la "descarriada" Violet y George ha existido siempre una palpable atracción mutua nunca reconocida y no sabemos si abocada a algún fin, pero que da sentido a un par de detalles posteriores: por ejemplo, el que más adelante George reciba a la chica en su despacho y le preste dinero para que pueda abandonar Bedford Falls, donde es objeto de escándalo, y reiniciar su vida en otra ciudad, lo que Violet le agradece con un beso que deja una comprometedora huella de carmín en las mejillas de su benefactor y dará pábulo al infundio que más adelante correrá sobre el presunto mal uso que George hace de los fondos de su empresa. En una escena ulterior, en el transcurso de la visión o pesadilla por la que el "ángel" Clarence muestra a George cómo habría sido la vida en Bedford Falls si él no hubiera nacido e intervenido decisivamente en las vidas de sus vecinos, veremos a Violet convertida ya en una prostituta ínfima a la que ni siquiera dejan entrar en los cabarets. De nuevo, George sale caballerosamente en su defensa, lo que lo pondrá en el punto de mira de la policía. Toda una historia de mutua atracción contada en tres episodios, de las que otras versiones de la película nos habían hurtado el primero y más elocuente.

La otra escena inédita no es menos reveladora. Meses después de haber conseguido salvar su compañía del pánico financiero que ha permitido a Potter, el malvado capitalista de Bedford Falls, hacerse con las empresas de todos sus competidores, vemos a George conduciendo a uno de sus clientes, un humilde taxista, a su nueva casa en una flamante urbanización construida gracias al empeño de la financiera Bailey. Es la única ocasión en la película en la que podemos ver el resultado concreto de la actividad de esa benefactora empresa. Y es también una magnífica ocasión para que Capra muestre la condición social de los trabajadores favorecidos por la política de crédito de la misma: en este caso, una humildísima familia cuyas posesiones -incluida una cabra- caben en el maletero del viejo coche de George... Meses antes, Potter había aducido el caso de este taxista como ejemplo de la clase de cliente insolvente a quienes la compañía de George solía conceder créditos. Y cuando vemos, un poco más tarde, lo que habría sido de éste y de otros trabajadores pobres de Bedford Falls si George no hubiera estado allí para ayudarles, sabremos que, sin ese oportuno apoyo financiero, el taxista en cuestión habría vivido toda su vida como inquilino de Potter en una vivienda miserable y que su mujer, incapaz de soportar esa vida, lo habría abandonado.

Éstas eran las dos sorpresas que nos tenía guardadas esta reposición de Qué bello es vivir. Ha sido como ver otra película. Lo que, dicho de una que he visto casi sin excepción todos los años desde que tengo uso de razón, es mucho decir.

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