lunes, enero 01, 2018

ACASO LO MEJOR


Acaso lo bueno de que la gente jacarandosa festeje algo durante toda la noche es que dejan la mañana del día siguiente para el solo disfrute de los silenciosos. Es lo que da a la mañana de Año Nuevo su cualidad específica: su condición de espacio retraído, reservado sólo para quienes anoche nos fuimos a dormir más o menos pronto, mientras otros apuraban su ración de sociabilidad ruidosa, de músicas bailables entre empujones y codazos, de licorazos indigestos. No se me entienda mal: no es que uno adopte en esas ocasiones la actitud desdeñosa de quien encoge la nariz ante el jolgorio ajeno. Las cosas suceden simplemente así: a uno se le acaba la cuerda pronto y se va a la cama no sin cierta melancolía y sin alguna secreta envidia de los que se quedan levantados, aunque también con la conciencia clara de que esa limitación tiene sus compensaciones.

Recién desayunado, he bajado al paseo y me he sentado en un banco con un libro en la mano. De vez en cuando, el leve desgarro en el aire causado por un ciclista, el graznido de una gaviota o el bisbiseo de un par de viejos que pasan junto a mí me hacen levantar la cabeza. Ha bajado a cuerpo, sin abrigo, fiado a la benevolencia del sol de invierno, y aun así, al rato de estar sentado bajo la solana, he tenido que mudarme a un banco a la sombra, donde tampoco he terminado de hallarme a gusto. Y así, del sol a la sombra y de la sombra al sol, he estado hasta la hora de volver a casa y recoger a C. y M.A. para encaminarme a la enésima comida familiar, la última de estas fiestas. 

Lo peor de que un rito de paso se repita año tras año con esta exactitud es la ocasión que ofrece para que se destaque de un modo muy acusado lo que en el intervalo ha cambiado en nosotros y en nuestro entorno; es decir, lo que hemos perdido, o el recuerdo de quienes no están. A partir de cierta edad, casi resulta imposible no llevar en el ánimo esa conciencia de pérdida. Pero acaso la lección más amarga del año recién terminado haya sido la constatación de que tampoco los jóvenes, por serlo, están libres de ella: antes al contrario, para ellos esa conciencia puede resultar infinitamente más dolorosa, precisamente por resultar una incomprensible anomalía y no todavía una aceptada ley de vida.

Espero con impaciencia el principio de normalidad que suponen los días que quedan de vacaciones, ya exentos de compromisos y celebraciones familiares. Lecturas, paseos, alguna que otra visita a este cuaderno. Todo, quizá, ligeramente intensificado por una cierta sensación de irrealidad, que es la esfera a la que propendemos cuando los días tienen esta andadura desusada. O tal vez lo irreal sea lo otro, lo que traen consigo esos otros días, quién sabe. (1/1/2017)

(Nota del 1 de enero de 2018. Reanudo aquí este diario; o, mejor dicho, después de una pausa de aproximadamente nueve meses, de marzo a diciembre de 2016, muestro ahora lo escrito a partir de enero de 2017: quiero decir que lo que irá apareciendo en este diario a partir de hoy se escribió hace justo un año y que ése será el intervalo de demora que a partir de ahora regirá para cuanto se anote en este cuaderno. El objetivo es que lo que traiga a él se rija por una lógica distinta a la de la inmediatez. Un diario es, debe ser, algo distinto a ese aspecto público de nosotros mismos que exhibimos en las redes sociales. 

De todos modos, considero todo lo escrito en este cuaderno a lo largo de 2017 una mera tentativa: la idea de un “diario abierto” emancipado de los imperativos de la inmediatez y centrado en una idea de la intimidad que soporte bien la exposición pública y, a la vez, se beneficie del recato que le proporciona referirse a hechos o estados de ánimo de hace un año requiere todavía, después de un año de práctica, alguna maduración adicional. Ya se verá si los resultados van justificando el esfuerzo; quiero decir, si la redefinición de las condiciones en las que escribo este diario lo acercan más al ideal de utilidad que debe regir para todo diario: su conversión en un instrumento útil de reflexión para quien lo escribe. 

Para que yo me decidiera a escribir el mío fue necesario que apareciera un formato –el del blog– que supusiera la presencia de un público –siempre muy reducido, por supuesto– y se rigiera por una cierta idea de compromiso de rendir cuentas ante ese auditorio más o menos imaginario. Esa condición sigue vigente. Ya veremos si el imperativo de demora que añado ahora aporta realmente algo a la tonalidad media de lo que se escribe aquí. En eso estamos.)

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