lunes, enero 15, 2018

BENDITOS

Aun a pleno sol, nadie se quita las prendas de abrigo. Es lo que los boletines meteorológicos han venido llamando en estos días, no sin notoria impostación, "frío polar"; al que aquí, con motivo de la fiesta del patrón del barrio -que se celebra a iniciativa de los vecinos y sin la menor implicación del elemento oficial-, han hecho frente con una velada al aire libre, más o menos aliviada por un inefectivo sol de invierno y fortalecida por los poderosos condumios preparados al efecto: una enorme olla de callos con garbanzos y otra no menor de asaduras estofadas, a las que el mesón del barrio ha añadido un jamón más bien blanquecino, pero cortado con mucha ceremonia por un profesional con los debidos galones.

Tampoco ha faltado el cura, a quien no debe de haber disgustado el aire de heterodoxia que se respira en la fiesta. Ha sido párroco en varios lugares de Hispanoamérica, siempre entre gente menesterosa, y sabe que un cura no está para estorbar ni para enredar a la feligresía con sutilezas teológicas. Estamos aquí, le oí decir en una misa de difuntos, para aliviar el mucho dolor que hay a nuestro alrededor, no para someternos cada día a una especie de auto de fe respecto a nuestras creencias o nuestro grado de cumplimiento de la doctrina. Y si algunos de sus feligreses le han pedido que se acerque al barrio y bendiga a las bestias -el santo festejado no es otro que San Antón, patrón de los animales-, él no tiene inconveniente en hacerlo con toda la naturalidad y desparpajo que permite la ocasión. "¿Dónde he dejado la bufanda?", dice, refiriéndose a la estola. Con ella sobre los hombros lee el texto del Génesis que cuenta la creación de los animales, y luego la bendición propiamente dicha, tras la cual toma el hisopo y procede a asperger a las bestias presentes: una ternera, una cabra recién parida con sus correspondientes chotos prendidos de la ubre, una amplia muestra aviar, unos conejos arrecidos y una decena de perros. No falta alguna broma irreverente: "Ya puestos, nos podría haber bendecido a nosotros también -dice una bestia parlante-. Al fin y al cabo, todos somos animales". 

Salvo por un detalle, quizá: la abrumadora conciencia que sólo el hombre tiene del paso del tiempo. Me lo recuerda una antigua compañera de facultad, con quien he recordado otros lejanos jolgorios de cuando estudiantes, hace treinta años. "¿Te acuerdas de J, que siempre tocaba la misma canción a la guitarra, que todos coreábamos: Take me home, country roads, to the place I belong....? Sí que hemos cambiado desde entonces". Lo dice sin coquetería, creo, por más que su comentario me fuerza a replicarle que ella sigue igual, lo que no es del todo incierto: a sus veintipocos años era una muchacha delgada y angulosa, un tanto seca, y el tiempo, que ha marchitado otras lozanías mucho más patentes, la ha conservado a ella más o menos como era entonces. Como adivinando por dónde van los tiros, me espeta: "Tú también sigues igual".

Y así va pasando la tarde, hasta que el sol declina y la plaza queda a merced del aire gélido. La ternera ha sido la primera en emitir un largo, estremecido mugido de queja. Tiene frío. Quiere que la lleven a casa. (15/1/17)

No hay comentarios: